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martes, 15 de julio de 2014

Qué asco de tormentas. De tormentos.

¿Sabes? Aún no me hago a la idea de que tú, como ser presente, nunca volverás a ser.
No sé, todavía lloro cuando te recuerdo y no acepto tu partida. Y mira que ya habían pasado años de que me fueras a recoger en taxi. El cincuenta y cinco siempre. 
Y mira que cuando me sangró la nariz, porque tenía miedo a tu perro, te escondiste en el cuarto de baño para no verlo.
Y la cantidad de tres en rayas que te tragaste conmigo cuando debía haber estado estudiando. Y eso que no podía ganarte.
Todavía te tengo en mi presente verbal y me duele hablarte en pretérito. 
No puedo darme cuenta ni de la gravedad ni del asunto.
Sólo recuerdo ese temor a ver lo que no quería asumir. 
Esos pasillos llenos de gente enferma y a sus correspondientes familiares velándoles.
Y a mí no me querían dejar verte. "Está muy mal y no deberías verle". 
De nuevo ese "deber" para protegerme, de nuevo ese "por tu bien". Pero ya conoces mi caracter y que hago caso omiso.  
Y te vi. Y por aquel entonces también pudiste verme, con la ternura de siempre, con un cariño desenfrenado que nunca vi en tus ojos cuando veías a tus hijos. Sé que siempre fui tu favorita y eso que sólo éramos familia política lejana y que de costumbre discutíamos por tu mente cerrada de puertas y ventanas.
No querían decírtelo. Y yo protesté siempre porque lo tenías que saber, porque tenías que poner tus fuerzas, porque tenías que luchar. Me lo debías y yo te lo debía.
Me confiaste que te sentías apagado, que tu hora era ya. Y en una semana los dos sacos estaban invadidos y no había solución.  Ni siquiera con parches.
No querían decirme que te morías pero tú me lo confesaste aún sin saber lo que te pasaba, porque nunca te lo quisieron decir.
Y me despedí cuando no podías verme pero sí estabas. Un mal día diecisiete que parecía que me esperabas a mí para decir "adiós".
Pero el día siguiente de mayo del dos mil catorce, no me atreví a tener que recordarte en una caja.

Y en mí ya sólo quedan gotas, que caen como losas y repiquetean. 
Y repiquetean.

El mundo es demasiado frágil.


Con tus hombros marcados y tu mirada triste. Y aquella tarde de enero dónde vi que ya no había solución y el color del cielo significaba que se había desangrado. Y que ya no había más perdón que dar. Que todo quedaba degradado.
Aquel gran viaje que te separó de mí y tus amenazas que hicieron que me helara de pies a corazón; porque la cabeza siempre la he tenido tan fría que se te pasaba a los dientes.
Y a día de hoy echo en falta algo. Esa hoja pequeña de ciruelo que me atravesaba. Y sin atreverse, me besaba.
Eres mi eterna condena. La razón por la que el hielo se resquebraja bajo los pies cuando pisas un lago escarchado. El lazo de seda que se hizo cadena.
El permafrost de las siete de la mañana un día de diario y las nubes desdibujadas en el techo de mi habitación, en verano. Creéme: no me arrepiento de nada. Sólo de los fallos
Éramos tan que nos quedamos en nada. Y pobres infelices los que nos miraban desde fuera. Pobres de nosotros que nos creíamos perfectos juntos cuando nos destruímos lentamente, pero de una forma tan recíproca que siempre había equilibrio. Un equilibrio boca abajo, que no dejó que nos diéramos cuenta de que nos ahogábamos.
No se podía seguir aprovechando una mecha que se había consumido y se había llevado toda la acera, haciéndonos caminar por el barro.
Y cuando tu cogiste aquel desvío de la carretera, yo seguí hasta una autopista por la cuneta. Y allí está prohibido caminar sin motor a explosión que te mantenga.
Así que me quedé sentada contando estrellas. Como si fueran mías y esperara a algún niño enamorado de una rosa que me dijera que era una idiotez.