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lunes, 24 de abril de 2017

El rayo que me apresa.



A mí sola, en detrimento de una ofrenda que habré desestimado como si fuera mía.
 
I
Un chillido carnicero
de plata y marfil dorado,
sostiene un filo muy tajante
entorno de mi cuello vulnerado.


Rayo de aleación sonora
apagado y desvaído,
acecha mi flanco
y hace un cueva encantadora.


Mi aladar, verdes lianas
de mis miedos enmarañados,
caen sobre mí, y mi corazón,
y mi corazón quebrado.


Tal es la hora traidora
del rayo que me profesa,
que voy a mi soledad
como la Luna a cierta hora.


Recojo con las legañas
sal cansada de oleajes
y gotas en telarañas
de mis rocíos viajantes.


¿A dónde iré que no acabe
mi perdición a encontrar?
Tu destino es del viento
y mi vocación llorar.


Descansar de esta bazofia
de tormentas, amor e infierno
es plausible, y su olor
hará a mi memoria un yermo.


Pero al fin podré vencerte,
flecha y rayo sepulcral,
alma, que de la muerte
nadie ha podido escapar.


Sigue, pues, sigue arista,
elevándote, fingiendo. Algún día
se pondrá el tiempo violáceo
sobre mi vista de invierno.

 II

¿No se detendrá en seco
este escalofrío constante
y parará en este yunque candente
un metal a moldear?

¿No cesará la obstinada señorita
de elucubrar diferentes situaciones
como una flor parda de canciones
que es fiera pero aún así marchita?

Este rayo ni pesa ni ahoga:
de mí tomó su forma
con similitud a nardos anteriores.

Esta acérrima vocación que aboga 
 su fuerza de mi horma
 de jadeantes toros agitadores.

III

Dirigiendo un banco de pirañas,
como dos espadas solapadas,
con dos estrellas enmarcadas
de ahumar y soterrar ilusiones,

en las mías has crecido, creando
 una gran red ferroviaria,
que simuladamente está cortada
tiene en su trayectoria tus ardores.

Sal de mis costillas, de las que has formado
una madriguera cálida y humilde
al diagnóstico lunar que tu sonrisa abolía:

una brizna de trigo dorado,
un brote de hierba que crece
animada de querer ver la luz del día. 

IV

Me tiraste una orquídea, y tanta alergia
con un escozor vibrante, y tan puro,
que no menospreció tu cianuro
y probé su decadencia vacía.

Con el golpe ambarino, de un descanso
avainillado pasó a una ansiosa fiebre pura
mi piel, que sintió una dentellada
de unos labios con metal atravesados.

Y al mirarte y verte la sonrisa
que te produjo el orquideado lecho,
a mi voraz astucia tan concreta,

se me durmió la sangre en la bragueta,
y se volvió permeable y entusiasta el pecho
una punzante sensación inquieta.

V

Tu corazón, un cúmulo de lichis congelados
con falta de tiempo de dulce hiel
 y una mirada de cansancio: un fiel
deseo de reposar la cabeza en un abrazo.

Mi corazón, una desanillada granada
de agrupado color de sentimiento y pena, 
que sus tiernos hombros te ofreciera
con una amistad enamorada. 

¡Ay, qué episodio de desechos
como un gran plato de ropa vieja
y de postre un helado de deterioro!

Por los alrededores de mi entretecho
un susurro sediento de tu oreja
con la esperanza de un beso sonoro.

VI

Alicaído por la ladera, casi poniente,
porque el amor blanquea cuando estalla,
donde yo no me hallo, me salva,
hombre más solitario que ninguno.

Sobre la soledad duermo y como,
amor es mi remanso y mi batalla,
necesito sentir algo que me llene,
volver a la exclusividad de esta antigualla.

Espinas y ortigas llevo por corona, 
espinas y ortigas siembran sus semillas
y no dejan tierra fértil alguna.

No podrá con la condena mi persona
rodeada de fracaso y decadencia:
¡pero tomaré las riendas aunque sea!

VII

Después de haber sembrado en el desierto
me tomaré un descanso por la cara
y beberé del agua de tus labios
siendo esclava de tu mirada.

Todo huele a pan recién hecho
por tu puro carisma que lo enciende
y la sensación de confianza se derrama
inundando mi seca esperanza por un trecho.

Se tomará un suspiro acompasado
y entretendré mis penas ensoñando
por el enfermo incienso agostado.

Y otra vez, enfretando cuerpo a cuerpo
seguiré ante este espacio maldecido
esperando por la sombra de tu miedo. 

VIII

Por tus manos, la pasión más destacable,
donde cesa las maniobras más complejas,
una colmena esperando cien abejas, 
baja al fondo un petardo inexplotable.

Con tu piel vas acariciando lo infinito
de seda en estrecha cobertura,
y donde va tu piel va la aventura,
perro sediento de olores destacables.

A tus ojos, una lujuria encendida,
como oasis me acerco y me perturbas
y al refugio zarandea el torbellino.

Entre rejas dejo que el alma se libere
como Baco en todos sus convites:
pisa mi corazón que ya te busca.

IX

Fuera menos pesado si no duela
ortiga tu tez para mi vista, ortiga,
abrojo tu piel para mi tacto, abrojo,
 cítrico tu voz para mi oído, cítrico.

Fuera mi voz hacia tu oído, fuera,
y ardo en tu lengua agujereada, ardo,
y pazo donde vive mis instintos, pazo, 
graznido, mi voz para la tuya, trino.

Garra es tu mano si la tiento, garra,
olas tus mechones en el viento, olas,
cerca a veces pero valla ninguna. 

Grulla es mi desgracia, de alas grandes y redondas, grulla,
sola como un lamento y un ay, sola,
tozuda en su ensoñación y en su desventura tozuda.

X

Tengo estos restos hechos a las piedras
y a las suposiciones estos temporales:
restos que viajan, suposiciones que vienen
como las corrientes marinas a las rocas. 

Como las corrientes marinas a las rocas,
soy naufrago de movimientos oscilantes,
por un cuenco de tiempo relativo,
un navío mísero, triste y pordiosero.

Nadie me salvará de este hundimiento,
si no es tu amor, la compasión que requiero, 
si no es tu caricia lo que anhelo.

Rehuyendo de las suposiciones de mi entorno
sobre si tus intenciones son ocultas,
 voy entre amargura y desconcierto sonriendo.

sábado, 15 de abril de 2017

El Rey de la Pena.

Del dolor es el mundo entero,
con todo lo que en él sucede,
con todo lo que en él sobrevive.

Porque el pánico puso las bases de la humanidad
y la afirmó sobre todas las superficies húmedas.
¿Quién puede subir al monte Aramo?
¿Quién puede permanecer en su encrucijada?

El que tiene los dedos y la frente
altas de todo pasado;
el que no adora enredos
ni simula testimonios.

El sueño, su sopor y letargo,
lo anunciará y le hará justicia.
Así deben ser los que buscan alcanzarlo,
los que buscan la presencia de la extenuación.

¡Ábranse, sábanas eternas!
¡Quédense abiertas de esquina en esquina,
y entrará el Rey del desconsuelo! 

¿Quién es este Rey de esta dicha?
¡Es el desaire, el fuerte y valiente!
¡Es el desdén, valiente en la batalla!

¡Ábranse, sentencias eternas!
¡Quédense abiertas de lado a lado,
y entrará el Rey de la angustia! 

¿Quién es este Rey del hastío?
¡Es la deidad todopoderosa!
¡Yo soy el Rey de la pena!

miércoles, 12 de abril de 2017

Revuelto pero no agitado.

Hay pocas estrellas
y el cielo está
demasiado tapado
como para ver algún ovni.

Me he despertado a las tantas de la madrugada y estoy fumando en la ventana de una habitación desconocida. Hay gente desnuda -o a medio desnudar- por todas partes, al igual que los restos de drogas y vasos usados.
No conozco a nadie,
ni siquiera recuerdo los últimos meses,
pero tengo la sensación de que los he pasado con los cadáveres durmientes por aquí enterrados.
Y mientras llego a fumarme hasta las letras,
mientras te escucho repiquetear dentro de mi cráneo,
sólo me planteo por qué hago esto.
Por qué sólo llego a evadirme cuando llego al punto de ser un muerto viviente siguiendo la corriente del río que lo arrastra.
Cuándo he llegado al fondo de la caverna o cuándo me perdí circunscribiendo un cuadrado infinito.
Apago la colilla en un vaso de agua y me voy. Tengo que sortear piernas, cascotes de vasos y botellas rotos, babas fluyendo de las bocas de comatosos tirados, brazos, ropa, bisutería... Hasta que encuentro la salida.
Tú, sin embargo, me chillas al tímpano desde el martillo, haciendo ecos por fuera del ser que muevo. No conozco el lugar por el que soy la única transeúnte nocturna, pero no importa, todos los caminos llegan al hipocentro de este terreno roto.
Trato de recordar algo que no tenga que ver contigo viviendo en mi cabeza, pero qué hacía yo antes de todo este drama griego. 

No necesito
seguir alimentando
este malestar
engendrado
y sentido
por algo
efímero. 

*       *       *

Noche de caza nocturna.
Algún beodo imbécil se me acercará en la barra con la intención de echar un polvo rápido y vomitivo.
Le rechazaré la conversación, incluso las copas a las que querrá invitarme. 
Me preguntará algo tan típico como que por qué no bebo algo con él o la de qué hace una chica como yo en un bar tan sola.
Yo seré borde, el insistirá, me contará su vida, me dirá que le dé un abrazo y, como hasta que no se lo dé no parará de presionarme, se lo daré.
Se lanzará a besarme, seguro de que el abrazo era la señal oficial para hacerlo, le esquivaré y su mirada seguida de "pero vamos mujer, no seas tan arisca". Y entonces será mi turno de llevar el baile.
Le miraré directamente a los ojos, veré su mayor debilidad, lo que le reconcome por dentro y le mata. 
Lo sacaré a colación, con una sonrisa, por supuesto. Se pondrá nervioso, querrá huir, pero no le dejaré hacerlo. Y se quedará mirándome a los ojos, pidiéndome clemencia, aguantando las lágrimas, esperando algún amigo que pase y le salve de esta tortura psicológica. Y sólo cuando deje de poder contener la primera lágrima, tachándola de un "caso raro de llorera por sequedad", dejaré que abandone mi presencia. 
Desapareceré de su vista y esperaré a que un nuevo sujeto ocupe mi lado de la barra y vuelta a empezar.
Pero hoy es diferente, 
sólo tengo ganas de despachar rápidamente a los que se me acerquen 
con los tópicos de mierda y las frases obsoletas. 
Que me dejen disfrutar del alcohol. 
Que me dejen pensar en mis tonterías, en mi mundo. 
Que me dejen evadirme de una maldita vez.


Me es cansada
y aburrida
la rutina.

*       *       *



El camarero es mi pastor nada me falta. 
En un taburete me hace descansar,
a las aguas etílicas me conduce, 
me da nuevas ganas
y me lleva por caminos tambaleantes,
haciendo honor a su nombre.
[...]  
Y en tu bar, oh, camarero, por siempre viviré.

*       *       *

Otro día más de calentamiento global de pantalones y ropas internas. 
De ocupar un reposaculos en la barra de un bar y seguir pensando en lo bonito que sería asentar la cabeza en el hombro de una persona que te de la exclusividad que le dan los niños a su juguete favorito. No te malinterpretes, no es que seas un juguete con el que jugar, es que quieres unos juegos especiales. 
Quieres unas risas previas
y un cariño postcoital,
que dure 
hasta que tengas 
las tetas cansadas 
de la misma boca. 
Quieres un juego,
en el que tu sensibilidad 
se vea reforzada 
positivamente 
por la diarrea 
de un estreñido emocional. 
Y merezca la pena hacer locuras; como presentarte en mitad de su trabajo sólo con una gabardina, para decirle "te quiero" y enseñarle lo que le espera poco más tarde. Como terminar llenos de heridas y moretones por todo tramo de superficie cutánea. En el que Siberia termine derretida, moviendo sin parar las patas traseras del gusto, y  que tu diafragma siga la frecuencia cardíaca de un diapasón.

Sólo quieres una corriente que no sea pasajera, que no sea una brisa marina; que sea un torrente de agua, que se evapore y te forme en nubes y que al descargarte, forméis arcoíris.
Sólo quieres un túnel que no sea un pasaje, que no sea un paso a través; que sea un laberinto de los que la gente muere intentando encontrar la salida, que te pierdas pero no quieras salir de él por las maravillas que alberga y te guíe hasta su centro y que si encuentras la salida, te de motivos para volver a perderte.
Sólo quieres un individuo que no sea pasajero, que no sea un equipaje más; que sea el revisor de tu tren, que conozca a los viajeros que tienes dentro y te cuide de que ninguno te ensucie el interior y que si lo hacen, ayude a limpiarte y que vuelvas a brillar, portando lo mejor que te pase.

 *       *       *

Y lo que creíste haber encontrado sólo es un pequeño grillo metido en tu memoria, esbozándote miradas de ensoñación, llevándote a tu lado más oscuro e ignoto. 
Sin previo aviso, en esta huida rápida del piso ignorado y anónimo, mientras vuelves a tu tumba de cenizas de incienso de vainilla, te das de bruces con él. 
Y vais a tomar unas cervezas de artes sanas.
Te reconoce que fuiste un chupito de hierbas de después del café, ese chupito que pocas personas piden y que si lo hacen no se lo toman del todo. 
La impotencia te hace reír y acabar con las reservas.
Te busca, y quieres que te encuentre, pero por extraño que (nos) parezca te quieres más a ti misma y prefieres crujirte los huesos y dejarle sin el mapa, para que se pierda. Para que te pierda.  

Y sigues tu camino hacia la necedad del ser, hacia tu sillón retorcido e inexplicablemente cómodo. Con el ronroneo de esa necesidad de conocer a alguien que te consuma las ganas de fumar en la cornisa. Que te haga querer levantarte y te haga pensar que algo merece la pena, que alguien merece bondad; puede que también quieras un refugio en el que recluirte cuando el mundo real te aterra y del que salir consolada y con ganas de comerte el universo a pequeños lametazos, saboreándolo. 
Donde puedas recrearte y ser fuerte sin necesidad de serlo, sólo por gusto propio.
Aunque ese sonido taladrante tenga su figura y fondo, sabes que no es el momento, ni el lugar, ni el sujeto, ni el predicado; pero es mejor que tener una forma sin rostro y una ansiedad constante de pensar que nunca existirá o que lo conociste en otro momento más remoto.

Hasta más ver.