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lunes, 24 de febrero de 2014

Más de ocho mil setecientas sesenta horas.

Éramos la envidia de todo el mundo. 

Empezamos siendo Jane y Spiderman, o eso pensaste. 


 Pero siempre fuiste más de Batman y yo del Joker siendo Harley Quinn. 

Creíste que esto sería como el universo. 


Y obviamente la relatividad hizo el resto.  

¿Sabes? Ya sé qué hicimos mal: forzarnos. Forzarnos a querernos.

Pero no tener fuerza para amarnos.
Estuvimos estirando la goma hasta el punto de ruptura.

*Qué bonita coincidencia, ¿no crees?*

¿Qué íbamos a saber nosotros si fuimos unos come mocos sin límites porque alguien nos quisiera de alguna forma "más allá"? Si arriesgábamos hasta los abrazos por necesidad. 
Por miedo al abandono.

Sabía que estaba mal. Que estabas mal. 

Sabíamos perfectamente la situación el uno del otro. 

Y sin embargo  estuvimos torturándonos. 

*Qué ácido era y qué dulce nos sabía*

Sabiendo que terminaríamos mal pero perfectamente.

En su día pensé que serías mi Marla, pero nunca toqué fondo.

Y ahora, yo por lo menos, he encontrado estabilidad con mis quemaduras químicas. 

Felicidad con otra persona.

Cosa que nosotros tuvimos de malas maneras.
Como supimos.

Y aquí estamos, cada cual por su avenida.

Fue un placer conocerte, pero después de decirte más de cinco veces "Adiós" no quiero que vuelvas, ni quiero verte.

*Ni siquiera volvería a cometer esos 
atentados contra nuestras vidas*


miércoles, 12 de febrero de 2014

Como si pudiera comerme las estrellas una a una.

¿Qué haces?
¿Sigues perdiendo el tiempo? 
¿Y el calor? ¿qué ha sido de él?

No hay fuego. Por lo menos no lo ves. Sólo humos que te nublan la vista.
¿Y el camino que recorres? ¿está ahí? ¿lleno de piedras o de minas?
La senda del mismo es vacío oscuro. ¿Recuerdas de colores todo aquello?
Podría ser.
Inundándote. Sin salir a flote. Sin nada.
Suelas desgastadas.

¿Ahora? ¿qué es eso?
*Te aclaras la garganta*

Silencio.

¿Quién sabe? 
Obviamente tú no.
Paranoias. Dolor.

*Te sientas a esperar*

Lo que sea que venga.
Que no duela ¿o sí?

viernes, 7 de febrero de 2014

Ojalá no muriese cada vez que despierto.

Despertares tortuosos. 
Monstruos.
Sombras que te abrazan.
Desazón.
Escalofríos.
Agobio.

Resquemores que te torturan.

Querer volar ventana abajo. Acantilado.

¿Fuerza? 
Paciencia.
Soledad.

miércoles, 5 de febrero de 2014

Dios nos salve del reino.

Inspiras. Hondo.

Escuece.

Sangre. 

Tu boca sabe a sangre.

Mirada al vacío.

Laberinto de pensamientos.

Pasiones reprimidas, sueños.

¿Qué fue de lo que querías ser? 
Perdido. Como tú. Roto.

 Sonríes sádicamente mientras el río sangriento brota de tus labios y caminas.
Es noche cerrada, ni siquiera la Luna sale a despedirte, a darte la bienvenida.

La toxicidad de tus pensamientos empieza a corroer tu mente.
¿Dónde estabas cuando más te necesitabas?
 Arrojas el paraiso a los suelos de tu desdén.

Miras el andén y las vías y el tren.
Que se aproxima.
Y empiezas a reír.

Te terminas el último trago de whisky que te queda en la botella, la cual revientas con rabia en las piedras de tu camino improvisado y levantas los brazos a lo que en su día fue una cara bonita, mientras una risa estridente permuta el poco silencio que permite rodearte el sonido del tren acercándose.

 Te sientes completamente bien.

Vivo.

Adiós.

Bienvenido.

sábado, 1 de febrero de 2014

Invierno.


El sol debe de estar brillando por encima de ese manto de nubes grises, que 

hacen de techo natural.

En la calle sólo se escucha el ruido de motores, de frenadas bruscas y los 

cláxones aullando. Pasa incluso alguna sirena auxiliadora o justiciera.

Calor. Una oleada de calor te atraviesa el alma. Tienes las persianas a media 

asta y la habitación tiene complejo de sótano.

Ves las pequeñas luces que filtran las cortinas de la calle y que el reloj marca 

el medio día; la habitación ordenada y limpia, parece esperar con ansia que 

llegue de nuevo el caos y la destrucción, pero no, hoy por lo menos no.

Los radiadores de toda la casa están apagados y tú, medio desnuda te 

paseas por ella como si fuese el mismísimo infierno a todo gas, te duchas 

con agua fría y ni siquiera te secas, estás sofocada de esa

llamarada anterior. Podrías incluso salir a la calle en esas condiciones que ni 

un catarro se atrevería a tocarte.

Miras por la ventana mientras bebes un vaso de leche bien fría y observas 

que el termómetro de la farmacia de enfrente marca menos cinco grados,

sonríes plenamente.

Hacía años que no recordabas esta sensación de plenitud. Que no te 

acostabas comiendo techo. Que no te levantabas con ganas de vivir.

La máquina del café te avisa de que ya está empezando a cumplir el tesoro 

negro bien cargado.

Un leve movimiento de sábanas y unos pasos torpes te avisan de que tu 

acompañante de esa noche se acaba de levantar. 

Y sonríes. Y tus ojos hacen juego con tu sonrisa. Y saltas encima de él.

Y el invierno no parece tan horrible como llevas pensando desde que eras 

pequeña.