martes, 15 de julio de 2014
El mundo es demasiado frágil.
Con tus hombros marcados y tu mirada triste. Y aquella tarde de enero dónde vi que ya no había solución y el color del cielo significaba que se había desangrado. Y que ya no había más perdón que dar. Que todo quedaba degradado.
Aquel gran viaje que te separó de mí y tus amenazas que hicieron que me helara de pies a corazón; porque la cabeza siempre la he tenido tan fría que se te pasaba a los dientes.
Y a día de hoy echo en falta algo. Esa hoja pequeña de ciruelo que me atravesaba. Y sin atreverse, me besaba.
Eres mi eterna condena. La razón por la que el hielo se resquebraja bajo los pies cuando pisas un lago escarchado. El lazo de seda que se hizo cadena.
El permafrost de las siete de la mañana un día de diario y las nubes desdibujadas en el techo de mi habitación, en verano. Creéme: no me arrepiento de nada. Sólo de los fallos
Éramos tan que nos quedamos en nada. Y pobres infelices los que nos miraban desde fuera. Pobres de nosotros que nos creíamos perfectos juntos cuando nos destruímos lentamente, pero de una forma tan recíproca que siempre había equilibrio. Un equilibrio boca abajo, que no dejó que nos diéramos cuenta de que nos ahogábamos.
No se podía seguir aprovechando una mecha que se había consumido y se había llevado toda la acera, haciéndonos caminar por el barro.
Y cuando tu cogiste aquel desvío de la carretera, yo seguí hasta una autopista por la cuneta. Y allí está prohibido caminar sin motor a explosión que te mantenga.
Así que me quedé sentada contando estrellas. Como si fueran mías y esperara a algún niño enamorado de una rosa que me dijera que era una idiotez.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario