Y sólo puedo despedirte. Buenas noches, primer planeta del sistema solar.
Buenas noches, Mundo.
miércoles, 17 de diciembre de 2014
miércoles, 10 de diciembre de 2014
Ley del trinitrotolueno.
No pudimos ser. Lástima de mí y suerte la tuya.
Es un día otoñal con un frío interno que no me deja
sentir el exterior. Y te recuerdo, intentando componer una canción sin
recomponerme, diciéndote lo mucho que te odio.
Allí estabas, con tu cárdigan color borgoña, tus
pantalones vaqueros ajustados y tus botas altas de ocho ojos y cordón fuerte.
Me mirabas fijamente y yo no sabía cómo esconderme de tu mirada de fiera parda.
Una mezcla de indiferencia y “quiero devorarte”.
En mi parada, bajaste, siguiéndome; como siempre, lo
que quieres lo coges. Y ese día fui yo.
Dijiste que querías ser libre, que fuéramos a la
playa, que la ciudad te estaba asfixiando, que la mierda te llegaba al cuello.
Y me dije “¿por qué no?” y allí fuimos. Durante días estuviste haciéndome
sentir como único en el mundo. Y contándome tus historias para no dormir. Y
escuchabas mis tonterías, quién sabe el motivo. Construimos una montaña desde
donde podíamos robar las estrellas. Putas bolas de hidrógeno flameante.
Un día después me desperté y ya no estabas. Sólo una
nota de carmín en el espejo del baño. Que te aburrías y que te ibas a buscar a
alguien menos arrogante y más alocado, que te siguiera los pasos hacia una
autodestrucción utópica. Y yo, con cara de gilipollas, me abalancé hacia el móvil
para rogar tu vuelta. Comunicabas. Fui hasta tu casa y no estabas, nunca
estabas. Ni siquiera estuviste en algún momento. Tus compañeros de piso me
dijeron que te habías ido hacía tiempo, que ya no volviste a salir desnuda del
baño ni a fumarte una ele.
Estuve encerrado en casa durante días. Muchos. Los
vecinos que nunca saludaban, me dirigían la palabra para decirme que pensaban
que el olor a muerto que salía de mi apartamento era yo pudriéndome dentro. Y
bueno, sus amabilidades no iban desencaminadas.
Mis amigos diciéndome eso de “hay muchas zorras en
el bosque” y yo intentando comportarme como un adulto. Girando sobre mí mismo.
Antes de ti, tenía unas ganas increíbles de comerme
el mundo entero. No he vuelto a coger mi vida para nada.
Antes de ti, mi sangre no quemaba. Maldito día de lluvia y metro en el que
conocí tu mirada.
Culpa del bamboleo de tus crestas ilíacas. Ilíada
que formaste con tu partida.
Pasé días mirando a las musarañas y alimentándome de
techos. ¿Sabes? Te compuse mil baladas de añoranza. Y balas mal disparadas con
la culata rajada.
Estabilidad de color amarillo pálido. Cálida
explosión.
Un palacio de cartón que cada vez que llora se
deshace.
Esperándola y que no llegaba y no me di cuenta que
me tiré de su tren en marcha. De sus caderas en marcha. Fue como el
descubrimiento de que no era un tinte ocre y se trataba de un explosivo.
Sigo esperando en las vías, que llegan a mis venas,
a ver si llega un tren que me devuelva el viaje.
martes, 30 de septiembre de 2014
miércoles, 17 de septiembre de 2014
Microrrelato VI:
Un caballo alado y transparente, nacido de una mirada húmeda, corrió, colina abajo, al ver partir a su Luna.
lunes, 8 de septiembre de 2014
Microrrelato IV:
Noches de fiesta y desenfreno que, por mucho que no quieras, terminas lleno de ácido, con una tía preciosa botando encima de ti. O eso esperas.
sábado, 6 de septiembre de 2014
Microrrelato III:
No entendía por qué siempre que quedaba con ella terminaba dormida encima de él. Hasta que empezó a sentirse intranquilo, agobiado e insomne, menos cuando estaba ella, cuando se sentía a salvo.
martes, 2 de septiembre de 2014
Microrrelato II
Le quise tanto que cuando me pidió un disparo en la sien, sólo pude apretar el gatillo.
miércoles, 27 de agosto de 2014
domingo, 17 de agosto de 2014
viernes, 15 de agosto de 2014
Días seis, siete y ocho de diez.
Llevo tres días viéndote y creo que no era real.
Creo que necesito algo que no podré conseguir.
Creo que necesito algo que no podré conseguir.
lunes, 11 de agosto de 2014
domingo, 10 de agosto de 2014
sábado, 9 de agosto de 2014
viernes, 8 de agosto de 2014
jueves, 7 de agosto de 2014
domingo, 3 de agosto de 2014
No quiero que el tiempo marchite al cielo.
He decidido cambiar de ambiente.
Hoy la brisa cargada de salitre viene a verme.
Hoy se ríe.
Miro al horizonte y es raro.
No es una línea horizontal al fondo,
es un camino largo.
Hoy danzan ante mí motas
sin necesidad de que las coreografíen.
Las gaviotas caminan por la arena,
sin mostran pena alguna
o sentimiento de enhorabuena.
Huellas que muestran un cargo.
Sin embargo, hace mucho que sí,
no son días de cornisa y cigarro.
Hoy la gente sonríe al verme y me saluda como después de un gran letargo.
Que desconfíen. Que ni yo misma sé cuánto durará esta coyuntura.
Y vengo a hablarte a ti, cielo. A veces, tan gris y amargo, otras tan dulce y claro.
Hoy la brisa cargada de salitre viene a verme.
Hoy se ríe.
Miro al horizonte y es raro.
No es una línea horizontal al fondo,
es un camino largo.
Hoy danzan ante mí motas
sin necesidad de que las coreografíen.
Las gaviotas caminan por la arena,
sin mostran pena alguna
o sentimiento de enhorabuena.
Huellas que muestran un cargo.
Sin embargo, hace mucho que sí,
no son días de cornisa y cigarro.
Hoy la gente sonríe al verme y me saluda como después de un gran letargo.
Que desconfíen. Que ni yo misma sé cuánto durará esta coyuntura.
Y vengo a hablarte a ti, cielo. A veces, tan gris y amargo, otras tan dulce y claro.
martes, 15 de julio de 2014
Qué asco de tormentas. De tormentos.
¿Sabes? Aún no me hago a la idea de que tú, como ser presente, nunca volverás a ser.
No sé, todavía lloro cuando te recuerdo y no acepto tu partida. Y mira que ya habían pasado años de que me fueras a recoger en taxi. El cincuenta y cinco siempre.
Y mira que cuando me sangró la nariz, porque tenía miedo a tu perro, te escondiste en el cuarto de baño para no verlo.
Y la cantidad de tres en rayas que te tragaste conmigo cuando debía haber estado estudiando. Y eso que no podía ganarte.
Todavía te tengo en mi presente verbal y me duele hablarte en pretérito.
No puedo darme cuenta ni de la gravedad ni del asunto.
Sólo recuerdo ese temor a ver lo que no quería asumir.
Esos pasillos llenos de gente enferma y a sus correspondientes familiares velándoles.
Y a mí no me querían dejar verte. "Está muy mal y no deberías verle".
De nuevo ese "deber" para protegerme, de nuevo ese "por tu bien". Pero ya conoces mi caracter y que hago caso omiso.
Y te vi. Y por aquel entonces también pudiste verme, con la ternura de siempre, con un cariño desenfrenado que nunca vi en tus ojos cuando veías a tus hijos. Sé que siempre fui tu favorita y eso que sólo éramos familia política lejana y que de costumbre discutíamos por tu mente cerrada de puertas y ventanas.
No querían decírtelo. Y yo protesté siempre porque lo tenías que saber, porque tenías que poner tus fuerzas, porque tenías que luchar. Me lo debías y yo te lo debía.
Me confiaste que te sentías apagado, que tu hora era ya. Y en una semana los dos sacos estaban invadidos y no había solución. Ni siquiera con parches.
No querían decirme que te morías pero tú me lo confesaste aún sin saber lo que te pasaba, porque nunca te lo quisieron decir.
Y me despedí cuando no podías verme pero sí estabas. Un mal día diecisiete que parecía que me esperabas a mí para decir "adiós".
Pero el día siguiente de mayo del dos mil catorce, no me atreví a tener que recordarte en una caja.
Y en mí ya sólo quedan gotas, que caen como losas y repiquetean.
Y repiquetean.
No sé, todavía lloro cuando te recuerdo y no acepto tu partida. Y mira que ya habían pasado años de que me fueras a recoger en taxi. El cincuenta y cinco siempre.
Y mira que cuando me sangró la nariz, porque tenía miedo a tu perro, te escondiste en el cuarto de baño para no verlo.
Y la cantidad de tres en rayas que te tragaste conmigo cuando debía haber estado estudiando. Y eso que no podía ganarte.
Todavía te tengo en mi presente verbal y me duele hablarte en pretérito.
No puedo darme cuenta ni de la gravedad ni del asunto.
Sólo recuerdo ese temor a ver lo que no quería asumir.
Esos pasillos llenos de gente enferma y a sus correspondientes familiares velándoles.
Y a mí no me querían dejar verte. "Está muy mal y no deberías verle".
De nuevo ese "deber" para protegerme, de nuevo ese "por tu bien". Pero ya conoces mi caracter y que hago caso omiso.
Y te vi. Y por aquel entonces también pudiste verme, con la ternura de siempre, con un cariño desenfrenado que nunca vi en tus ojos cuando veías a tus hijos. Sé que siempre fui tu favorita y eso que sólo éramos familia política lejana y que de costumbre discutíamos por tu mente cerrada de puertas y ventanas.
No querían decírtelo. Y yo protesté siempre porque lo tenías que saber, porque tenías que poner tus fuerzas, porque tenías que luchar. Me lo debías y yo te lo debía.
Me confiaste que te sentías apagado, que tu hora era ya. Y en una semana los dos sacos estaban invadidos y no había solución. Ni siquiera con parches.
No querían decirme que te morías pero tú me lo confesaste aún sin saber lo que te pasaba, porque nunca te lo quisieron decir.
Y me despedí cuando no podías verme pero sí estabas. Un mal día diecisiete que parecía que me esperabas a mí para decir "adiós".
Pero el día siguiente de mayo del dos mil catorce, no me atreví a tener que recordarte en una caja.
Y en mí ya sólo quedan gotas, que caen como losas y repiquetean.
Y repiquetean.
El mundo es demasiado frágil.
Con tus hombros marcados y tu mirada triste. Y aquella tarde de enero dónde vi que ya no había solución y el color del cielo significaba que se había desangrado. Y que ya no había más perdón que dar. Que todo quedaba degradado.
Aquel gran viaje que te separó de mí y tus amenazas que hicieron que me helara de pies a corazón; porque la cabeza siempre la he tenido tan fría que se te pasaba a los dientes.
Y a día de hoy echo en falta algo. Esa hoja pequeña de ciruelo que me atravesaba. Y sin atreverse, me besaba.
Eres mi eterna condena. La razón por la que el hielo se resquebraja bajo los pies cuando pisas un lago escarchado. El lazo de seda que se hizo cadena.
El permafrost de las siete de la mañana un día de diario y las nubes desdibujadas en el techo de mi habitación, en verano. Creéme: no me arrepiento de nada. Sólo de los fallos
Éramos tan que nos quedamos en nada. Y pobres infelices los que nos miraban desde fuera. Pobres de nosotros que nos creíamos perfectos juntos cuando nos destruímos lentamente, pero de una forma tan recíproca que siempre había equilibrio. Un equilibrio boca abajo, que no dejó que nos diéramos cuenta de que nos ahogábamos.
No se podía seguir aprovechando una mecha que se había consumido y se había llevado toda la acera, haciéndonos caminar por el barro.
Y cuando tu cogiste aquel desvío de la carretera, yo seguí hasta una autopista por la cuneta. Y allí está prohibido caminar sin motor a explosión que te mantenga.
Así que me quedé sentada contando estrellas. Como si fueran mías y esperara a algún niño enamorado de una rosa que me dijera que era una idiotez.
sábado, 28 de junio de 2014
Cada momento fue como tocar una estrella: calcinante.
Creo que se me pasó la tontería el veintidós de
febrero del año pasado. Pero sigue doliendo esa cicatriz y no por el hecho de
haberla hecho.
Supongo que todos tenemos en la vida una persona que
hace que la vida de una vuelta de setecientos veinte grados y parezca igual,
pero no.
Y qué si te debo otras mil vidas de agradecimiento
por todo. Pero si no podemos con la de ahora en este instante, imagínate luego
desde el principio, desde el precipicio.
Fuiste las ganas de vivir que tenía de golpe cuando
te conocí y que se me fueron yendo de la mano con Cupido según avanzaba el
tiempo, la vida.
Y te consideré eso: mis motivos, hasta que se
demuestre lo contrario de otra torta en la cara que la vuelva cruz.
¿Podría ser que éramos como dos ranas en busca de un
solo charco? Quién sabe.
No me gusta el invierno porque me recuerda a ti. No
soporto el verano porque te recuerdo a ti. Otoño y primavera sólo son paseos
juntos por el parque y catarros y alergia.
Podía contar contigo con sólo decirme “hola” hasta
que empecé a ver en tu mirada una indiferencia que las palabras que salían de
tu boca negaban.
Y aunque no fue culpa de nadie, fue mía por haber
sido tan insegura siempre y haberme creído tan dura e insensible cuando no es
así. Por lo menos no contigo.
Como arena entre las manos se iba todo, por mucho
que nos las apretásemos cuando caminábamos terminábamos soltándonos.
Y esto sólo es para tranquilizar el desorden interno
que arranca las postillas cada cierto tiempo mismo.
Lo de sonreír al verte podría decirte que era una
escusa, pero si hasta cabreada te miro embobada desde lejos.
Como dice una canción: “Me muero del mono y no te
pido por vergüenza. Joderla, joderla, volverla a joder. Cambiar lo conocido por
algo por conocer”.
Porque no tengo suficiente con lo mejor que me
dabas, porque creía que eran mentiras.
Y ahora yo sólo soy alguien frío y vacío. Y tú
sigues siendo. Y no puedo estar más feliz de verte bien y de que alguien te da
lo que yo no pude. Lo que yo no puedo.
Ha pasado gente muy variada y variopinta y nada,
sigo sin saber de ti en nadie.
Y me
arrepiento de haber destruido lo más bonito del mundo, como el niño que sin
querer pone en agua salada a su pez dorado porque no sabe que se morirá
deshidratado.
Y bueno ya he aprendido que la autodestrucción
funciona todos los domingos de la semana cuando tengo tiempo libre. Y más
cuando tengo miles de cosas que hacer.
Se nos acabó el amor de tanto usarlo. De tanto
ensuciarlo.
Celebraré una fiesta cuando consiga que no me
duelas. Cuando consiga aceptar que nunca estarás igual que cuando te conocí y
fuiste aire fresco en un bochorno tormentoso y de calor asfixiante.
Y sí, te he vuelto a escribir, veinticinco, qué
novedad, ¿verdad?
martes, 17 de junio de 2014
Todo como siempre, a centímetros del viento.
He vuelto al balcón de París,
donde perdí noches enteras pensándote,
para seguir.
Fumando como un carretero,
intentando evadirme,
pero no puedo,
Quiero salir corriendo de aquí.
Qué triste es ser un perro sin guía
y un ciego sin ganas de andar.
Insistir, como si no fuera nada
y todo fuera a fallar.
Tirar la toalla dentro del ring,
y que el siguiente asalto se de aún así.
donde perdí noches enteras pensándote,
para seguir.
Fumando como un carretero,
intentando evadirme,
pero no puedo,
Quiero salir corriendo de aquí.
*se señala la cabeza*
Qué triste es ser un perro sin guía
y un ciego sin ganas de andar.
Insistir, como si no fuera nada
y todo fuera a fallar.
Tirar la toalla dentro del ring,
y que el siguiente asalto se de aún así.
*se cubre la cara con las manos*
Necesitar de un cálido abrazo
y un muñeco de nieve que no se derrita.
Ni siquiera por ti.
He enseñado a mi niña interna a verte
y no echarse a llorar.
Pero sigue sin tener fin.
domingo, 1 de junio de 2014
Aún a día de hoy.
Te dije que nunca más ibas a saber de mí, pero joder, es que no puedo. Te dije que sería lo último que te escribo, pero es que desde ti no he podido volver a cumplir ninguna promesa.
No puedo terminar de tirar tus cosas, no soy capaz, joder. ¿Qué coño me hiciste?
Tus dibujos siguen aquí guardados, lejos de miradas ajenas, con tus manías, con tus trazos plasmados.
Tus escritos, tu letra, joder, tan pequeñita e ininteligible diciéndome que me amabas, que "ojalá siempre juntos".
Tus fotos, con esa sonrisa tonta y perfecta. De la que te quejabas, que si dientes descolocados y no me acuerdo qué más tonterías.
Me dicen que te ven feliz. Y joder, hice bien en irme.
Pero ojalá hubiera sido egoísta.
¿Te imaginas que lo hubiéramos forzado un poco más? ¿Que todo se hubiera solucionado?
Que hubiéramos seguido soñando...
No puedo terminar de tirar tus cosas, no soy capaz, joder. ¿Qué coño me hiciste?
Tus dibujos siguen aquí guardados, lejos de miradas ajenas, con tus manías, con tus trazos plasmados.
Tus escritos, tu letra, joder, tan pequeñita e ininteligible diciéndome que me amabas, que "ojalá siempre juntos".
Tus fotos, con esa sonrisa tonta y perfecta. De la que te quejabas, que si dientes descolocados y no me acuerdo qué más tonterías.
Me dicen que te ven feliz. Y joder, hice bien en irme.
Pero ojalá hubiera sido egoísta.
¿Te imaginas que lo hubiéramos forzado un poco más? ¿Que todo se hubiera solucionado?
Que hubiéramos seguido soñando...
miércoles, 28 de mayo de 2014
Llamas de mis cenizas.
La noche, tan oscura y desierta como todas las anteriores. Tan sombría y triste que eriza la piel de los que no estamos con Morfeo en ella. En el silencioso ruido de mi respiración retumba un eco de soledad.
Puede que seas tú llamando a la puerta de esta casa con moqueta. Moqueta creada por las cenizas del incienso de vainilla que envuelve todo el ambiente. En efecto, ahí estás, cubierta de gran cantidad de agua por la tormenta que has sufrido hasta llegar a mi porche.
Te ves tan macilenta y tan tierna que dan ganas de besarte, pero no. No estaría bien.
Te invito a pasar a mi pequeña morada, a sentarte junto la chimenea prendida, en el sillón retorcido, el único asiento del salón, y a un gran tazón de chocolate caliente, con sólo unas gotas de leche. Yo me sirvo un té de menta y me recuesto a tu lado. Nunca entendí lo bien que te acomodaste, desde el primer día, a ese intrínseco asiento.
Empiezas a narrarme que te sientes sola con tu típica manía de rimarlo todo. Que nadie te entiende más que yo. Me ruegas que te abrace, pero no. No estaría bien. Empiezas a gimotear y tiritar, te alcanzo una manta, pero no te calma, necesitas calor humano y sabes muy bien que no puedo dártelo. Que es imposible que lo encuentres en mí.
Te haces un ovillo con la manta encima de mis piernas y cierras los ojos. Empiezas a susurrar el porqué te casaste con el vicio. Intento acariciarte la cara, que tienes aún helada pero no puedo. No estaría bien.
Y, de golpe, abres los ojos. Te encuentras abrazada a la cama por las correas de la habitación. Y gritas. Y de nuevo esos humanos vestidos de blanco. Te dicen que te vuelvas a tomar esas pastillas que te dejan exhausta, dolorida y aturdida. Te las tomas sin rechistar, prefieres estar en mi mundo que consciente. Pobrecita mía, prefieres estar en mi presencia, un ser sólo existente en tu mente antes que en la realidad.
Desde el accidente no conseguiste ser la misma… Te culpas por algo que de ninguna manera fue culpa tuya. El incendio lo devoró todo menos a ti… Por lo menos no del todo.
Has vuelto a venir conmigo, a este mundo fabricado por tu mente y sabes que no puedes seguir aquí, que no es sano, así que te he escrito una carta y la he anclado a nuestro extraño sillón.
“No merece la pena humedecer los ojos por una partida inevitable, que era lógica y se conocía de antemano. Seguiremos siendo como las golondrinas y el balcón de Bécquer, como la primavera y la alergia que conlleva, como el frío invernal y su época, como el alcohol de noventa y seis grados y las heridas abiertas... Mi alma sólo te grita que le saques las ganas de vivir, de tantas líneas curvas ya no reconocía un camino quebrado del correcto, que te has convertido en la luz que me ilumina la mirada... Pero no nos engañemos, te irás, me iré, desapareceremos de la vida del otro.
Las personas son como aviones y aeropuertos: van y vienen; está asumido, costará hacerte a la idea, pero es la idea en sí. Harás tu vida lejos, o cerca, qué más da, es la vida la que te dará la felicidad que necesitas, no yo; haré mi vida lejos, o cerca, qué se yo, pero será el tiempo quien ordene los demonios, no tú. No nos perdamos ahora, aunque duela después, hagamos que merezca la pena y llevémonos un buen recuerdo.
Somos presos del tiempo, somos los amortiguadores de los relojes de arena estropeados. Serán susurros de silencio por las mañanas, serán arañazos desgarradores por las noches. En el tiempo libre que haya, serán recuerdos que viajarán por cada tramo de piel...
Serás tú en formato lejano. No quedará otra más que doler, doler en el pensamiento ajeno hasta que el propio sufrimiento entumezca los sentidos, hasta no percibir nada de ellos.
Y no te preocupes. Estaré tan bien como siempre lo he estado. Estaré sonriendo por algún motivo tonto o serio, cercano o lejano; sonreiré por mi motivo actual o por otro creado. No perderás el tiempo pensándome. O sí, sí lo harás, pero el reconocerme como debilidad no es tu fuerte, lo sabes; pero qué le voy a hacer más que esperar que no me entregues a los brazos del olvido, ya que tú nunca al olvido serás condenada.
Y al pensar que el futuro de al lado es triste y demoledor, solamente me queda salir corriendo, pero en sentido contrario a la huída, para así poder abrazarte por última vez. Siempre he estado huyendo. Siempre estuve escondiéndome de lo que me daba miedo. Pero ahora... No le veo sentido, tú te irás y yo me quedaré sin ti.
No te sientas triste por llevar tu vida por buen camino. Nunca quise ser tu responsabilidad ni tu lastre y ni mucho menos tus frenos, quiérote en tu libertad, quiérote con tu forma de ser, quiérote como diamante en bruto escondido entre la escoria, pero te querré más cuando dejes de tener miedo a brillar y sé que a mi lado no podrás. Tienes que volar.”
Y poco a poco la casa empieza a quemarse, como el último recuerdo que tienes nuestro.
Pero el fuego no quema, se esfuma cual humo, cual lágrima en la lluvia. Me ves y
vienes corriendo a abrazarme. Te soy recíproco y poco a poco voy desvaneciéndome
mientras veo pequeños caballos salados y veloces recorrer tus mejillas.
Y entre mares de tus ojos emanantes, despiertas, esos humanos te desatan y te llevan a
la vista del psiquiatra y por primera vez en años le hablas de lo que pasó:
“Me desperté en una habitación en llamas, sin poder respirar, notando como cada tramo de mi piel caía bajo las lenguas candentes. La gente miraba. Yo no podía evitar llorar y gritar de dolor. Nadie hizo nada, ni siquiera yo misma. Cuando salí, con las quemaduras deformando mi estructura, de lejos divisé una silueta oscura, que mis cansados e ineficaces ojos no podían descifrar, sin detalles significativos. No para el resto. No para esa gente que no hace nada. No para aquellos que se aferran a la vida que se les da hecha, pero que llamó la atención de lo que quedaba de mis sentidos. Demasiado… Y me desperté en el hospital. Me dijeron que él había muerto y que yo me recuperaría. Sin él no quería.”
El médico anota cada cinco palabras que pronuncias. Su expresión no varía, se mantiene seria y con el ceño fruncido. Cuando terminas de hablar el único gesto que hace, el que tan bien conoces, es negar con la cabeza. Los celadores te vuelven a llevar a tu mansión.
Y allí estás, mirándote los pies, sentada en la cama con la cabeza hundida en tus rodillas.
martes, 27 de mayo de 2014
No sabría decirte.
A veces la vida te da un vuelco de ciento ochenta grados y se pone a hacer el pino con falda, dejándote admirar sus bajos oscuros.
A veces no encuentras el camino cuando te inforrman de "tenemos que mudarnos a otro país por trabajo" y no puedes decir nada al contrario. Nada que lo remedie.
A veces lo que consideras un gran montón de mierda no es más que la escoria haciendo crecer un diamante entre sus entrañas.
A veces la que conociste como caperucita termina siendo el lobo feroz y es mejor que la abandones en el bosque antes de que te coma.
A veces, las menos, cuando estás triste encuentras música que en vez de deprimirte te suba como la viagra.
No, querida, tú fuiste aquel plato lleno de patatas fritas que me comí de una sentada y que después no me sentó mal.
¿Quién iba a saber que te iba a querer devorar todas las horas del día? Porque ni aunque me lo recomendase el médico me lo iba a creer. Porque, vamos a ver, yo era el rey de ese planeta diminuto que decía ser un rey justo y quiso hacerte embajadora, a ti, la flor de baobab más presuntuosa, orgullosa y espinosa que existía en otro mundo.
¿Qué soy ahora? ¿El contador de estrellas? Pues no, ya no soy nada.
Me has convertido en nada. En la nada. En lo que siempre pasa.
Estarás contenta. Yo aquí perdiendo lo que no tengo y bebiendo todos los vientos por el movimiento de tu falda.
El eterno retorno que decía Nietzche. Qué razón tenía.
Y qué falta de todo tengo.
No sé, tu culo podría considerarse mi religión, me arrodillo ante él y lo alabo y lo lamo y lo muerdo y... Tus pechos mis mesías, pequeñas copas de nata y fresa que cumplen eso de "si breve dos veces bueno".
¿Me preguntas por mi pecado? Pues cuando te muerdes los labios y la sangre empieza a regar mi alma concupiscible.
¿Obsceno? ¿Me lo dices tú que eres la dueña de los movimientos de cadera, de enseñarme el camino de la sodomía y que me pone las manos para que la azote o la abofetee en busca de contrastes?
Mierda, no puedo rebatirte nada. Eres dueña y señora de mi llave maestra. Soy tu simple muñeco de goma que usas cuando te apetece o aburres.
Te arrancaría la piel a mordiscos salvajes. De esos que tú usas cuando tienes ganas de marcha, los que dejan marcas interesantes en zonas sensibles. Pero si lo hiciera me castigarías poniéndome en cuarentena de ti. Y creo que ninguno de los dos queremos eso.
Demonios, llevadme, ella es demasiado complicada para mi defectuosa inteligencia. Pero traedla conmigo, que así no me aburro.
A veces no encuentras el camino cuando te inforrman de "tenemos que mudarnos a otro país por trabajo" y no puedes decir nada al contrario. Nada que lo remedie.
A veces lo que consideras un gran montón de mierda no es más que la escoria haciendo crecer un diamante entre sus entrañas.
A veces la que conociste como caperucita termina siendo el lobo feroz y es mejor que la abandones en el bosque antes de que te coma.
A veces, las menos, cuando estás triste encuentras música que en vez de deprimirte te suba como la viagra.
No, querida, tú fuiste aquel plato lleno de patatas fritas que me comí de una sentada y que después no me sentó mal.
¿Quién iba a saber que te iba a querer devorar todas las horas del día? Porque ni aunque me lo recomendase el médico me lo iba a creer. Porque, vamos a ver, yo era el rey de ese planeta diminuto que decía ser un rey justo y quiso hacerte embajadora, a ti, la flor de baobab más presuntuosa, orgullosa y espinosa que existía en otro mundo.
¿Qué soy ahora? ¿El contador de estrellas? Pues no, ya no soy nada.
Me has convertido en nada. En la nada. En lo que siempre pasa.
Estarás contenta. Yo aquí perdiendo lo que no tengo y bebiendo todos los vientos por el movimiento de tu falda.
El eterno retorno que decía Nietzche. Qué razón tenía.
Y qué falta de todo tengo.
No sé, tu culo podría considerarse mi religión, me arrodillo ante él y lo alabo y lo lamo y lo muerdo y... Tus pechos mis mesías, pequeñas copas de nata y fresa que cumplen eso de "si breve dos veces bueno".
¿Me preguntas por mi pecado? Pues cuando te muerdes los labios y la sangre empieza a regar mi alma concupiscible.
¿Obsceno? ¿Me lo dices tú que eres la dueña de los movimientos de cadera, de enseñarme el camino de la sodomía y que me pone las manos para que la azote o la abofetee en busca de contrastes?
Mierda, no puedo rebatirte nada. Eres dueña y señora de mi llave maestra. Soy tu simple muñeco de goma que usas cuando te apetece o aburres.
Te arrancaría la piel a mordiscos salvajes. De esos que tú usas cuando tienes ganas de marcha, los que dejan marcas interesantes en zonas sensibles. Pero si lo hiciera me castigarías poniéndome en cuarentena de ti. Y creo que ninguno de los dos queremos eso.
Demonios, llevadme, ella es demasiado complicada para mi defectuosa inteligencia. Pero traedla conmigo, que así no me aburro.
Vuélame la tapa de los besos.
Déjame fallarte hasta que me caiga y no haya nadie más que tú para poder levantarme. Que no necesito más oxígeno que el que consumes, para poder vivir.
Demostremos que merece la vida la pena matándonos a llorar de risa.
Seamos un pequeño club social único, de dos personas, de dos almas distintas.
Permíteme olvidar toda mi mochila en cualquier cuneta y poder cargar contigo una más bonita y ligera.
Recuérdame cuando me siente a lo indio cabreado y deje de andar, puede que si lo haces te salte encima y te coma a versos bonitos a la oreja.
Ni se te ocurra entorpecerme en mi manera de complicarme la vida teniéndote cerca.
Conóceme hasta el más diminuto de los detalles, pero dímelo poco a poco empezando bajito.
Que el límite es el cielo, pero que para llegar allí hay que saltar muchos charcos.
domingo, 25 de mayo de 2014
No me dolía la espina clavada hasta el fondo.
Me terminé acostumbrando a ti.
Al movimiento de tus caderas al cambiar de postura en la cama.
A tus pintas desaliñadas los domingos de madrugada.
A olor que dejabas nada más salir de la ducha.
Limón.
Igual de ácida y el mismo escozor...
Tan llorosa y alicaida por dentro que me partía el alma.Y allí me apartaste, con todas las cosas que no querías sentir. Primero con el amor, la sensación de plenitud. Más tarde con el agobio, las manías, la ansiedad, la obsesión. Para terminar tirado y roto a los brazos de la soledad.
Me diste tantísimos dolores de cabeza que me quería tirar por la ventana ciento veinticinco haciendo el mejor picado de la historia.
Cada vez tu frío tacto se fue notando también por dentro.
Cada vez más escarcha y más bloques macizos de grandes dimensiones.
Y terminaste congelándome a mí.
Me hice amigo de tus miedos y aquí sigo, congelado con ellos, rezando para que pudieras quererme en algún momento de lucided
Al movimiento de tus caderas al cambiar de postura en la cama.
A tus pintas desaliñadas los domingos de madrugada.
A olor que dejabas nada más salir de la ducha.
Limón.
Igual de ácida y el mismo escozor...
Tan llorosa y alicaida por dentro que me partía el alma.Y allí me apartaste, con todas las cosas que no querías sentir. Primero con el amor, la sensación de plenitud. Más tarde con el agobio, las manías, la ansiedad, la obsesión. Para terminar tirado y roto a los brazos de la soledad.
Me diste tantísimos dolores de cabeza que me quería tirar por la ventana ciento veinticinco haciendo el mejor picado de la historia.
Cada vez tu frío tacto se fue notando también por dentro.
Cada vez más escarcha y más bloques macizos de grandes dimensiones.
Y terminaste congelándome a mí.
Me hice amigo de tus miedos y aquí sigo, congelado con ellos, rezando para que pudieras quererme en algún momento de lucided
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