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martes, 13 de septiembre de 2016

Eras, eres y serás.


Pasión descontrolada entre melenas salvajes de colores oscuros, cobrizos y tendencia ondulante, que formaban un bosque perdido.
Arañazos que desgarran la piel de seda moteada y, además, marcan el camino hacia una locura inconmensurable.
Labios mordidos y sangrantes, lienzos y pinceles a la vez, que descubrían nuevos ecosistemas donde pararse a vivir por un tiempo.
Ira proyectada en la asfixia cuando el momento del éxtasis embriagaba sus almas.
Ante todo.

Turbulencias de una continuada actividad motora en busca de una mejor fricción.
Incontinencia verbal de gemidos gritados a una habitación insonorizada, llena de instrumentos musicales.
Vociferantes espectros dejándose llevar por el canto de sirenas en mares formados por fuerzas de rozamiento.
Ornamentación innecesaria con palabras, para poder definir lo sucedido en unas noches de lujuria y nada más.



-Eras, eres y serás paliativo, amor-.

 *   *   *



Os voy a hablar de lo difícil que es el querer y no poder, en ocasiones.
De plantarse delante de alguien y no ponerte a temblar porque te genera una sensación extraña e incontrolablemente agradable. Como cuando tienes hambre y te invitan a un banquete de cosas que no te sientan mal y no puedes evitar el empacho. De arrastrarse por ver a ese alguien, anteponiéndolo a todo lo demás, por sólo unas milésimas de segundo, aparentando normalidad, como que ha surgido sin querer, como que estabas de pasada. Incluso por intercambiar dos palabras escuetas. De no querer nada de ningún tipo con nadie más.
Sentarse a intentar concentrarse en algo y que pensamientos fugaces te atraviesen la mente y te hagan sonreír como una estúpida; que te hagan sentir la persona más especial del mundo.
Y, sin embargo, saber que la realidad con ese alguien es bastante diferente. Que para esa persona sólo eres un capricho que le hace pasar buenos ratos, que sólo le interesas por puro aburrimiento y sadismo. 
Que te des cuenta de que todo significo nada, sólo meras ensoñaciones e ilusión exacerbada, haciéndote decidir que es mejor alejarte, ponerte unas anteojeras y tirar; y que delante sólo haya cosas suyas y ese alguien -todo el rato y en todas partes- para esquivarlo. 

*   *   *


Y ahora sólo queda ella.
Surcada de rasguños y cicatrices, vive rodeada de árboles caducifolios y sueños podridos. 
-Sueños que otros querían para ella-.
A poca distancia, puede ir a suicidarse a un mar, helado y bravío. 
-Suele ir con demasiada frecuencia-.
Desde hace mucho que vive aislada; recordando de dónde viene todos y cada uno de sus días, como una tortura constante. 
Pero, con el coraje de una amazona, sigue moviéndose.
Viviendo.

*   *   *

Cuando le conoció empezó a entender Química. 
Le consideró un núcleo en torno al cual girar, siendo un electrón. Por lo visto, resultó ser un elemento no metálico con un único electrón en su última capa de valencia. Ganó menos energía al dejar que se fuera.
Quizás fue ella el elemento inestable y, 
al dejar que se fuera de su alrededor, 
empezó a equilibrarse.

miércoles, 10 de diciembre de 2014

Ley del trinitrotolueno.



No pudimos ser. Lástima de mí y suerte la tuya.
Es un día otoñal con un frío interno que no me deja sentir el exterior. Y te recuerdo, intentando componer una canción sin recomponerme, diciéndote lo mucho que te odio.
Allí estabas, con tu cárdigan color borgoña, tus pantalones vaqueros ajustados y tus botas altas de ocho ojos y cordón fuerte. Me mirabas fijamente y yo no sabía cómo esconderme de tu mirada de fiera parda. Una mezcla de indiferencia y “quiero devorarte”.
En mi parada, bajaste, siguiéndome; como siempre, lo que quieres lo coges. Y ese día fui yo.
Dijiste que querías ser libre, que fuéramos a la playa, que la ciudad te estaba asfixiando, que la mierda te llegaba al cuello. Y me dije “¿por qué no?” y allí fuimos. Durante días estuviste haciéndome sentir como único en el mundo. Y contándome tus historias para no dormir. Y escuchabas mis tonterías, quién sabe el motivo. Construimos una montaña desde donde podíamos robar las estrellas. Putas bolas de hidrógeno flameante.
Un día después me desperté y ya no estabas. Sólo una nota de carmín en el espejo del baño. Que te aburrías y que te ibas a buscar a alguien menos arrogante y más alocado, que te siguiera los pasos hacia una autodestrucción utópica. Y yo, con cara de gilipollas, me abalancé hacia el móvil para rogar tu vuelta. Comunicabas. Fui hasta tu casa y no estabas, nunca estabas. Ni siquiera estuviste en algún momento. Tus compañeros de piso me dijeron que te habías ido hacía tiempo, que ya no volviste a salir desnuda del baño ni a fumarte una ele.
Estuve encerrado en casa durante días. Muchos. Los vecinos que nunca saludaban, me dirigían la palabra para decirme que pensaban que el olor a muerto que salía de mi apartamento era yo pudriéndome dentro. Y bueno, sus amabilidades no iban desencaminadas.
Mis amigos diciéndome eso de “hay muchas zorras en el bosque” y yo intentando comportarme como un adulto. Girando sobre mí mismo.
Antes de ti, tenía unas ganas increíbles de comerme el mundo entero. No he vuelto a coger mi vida para nada.
Antes de ti, mi sangre no quemaba.  Maldito día de lluvia y metro en el que conocí tu mirada.
Culpa del bamboleo de tus crestas ilíacas. Ilíada que formaste con tu partida.
Pasé días mirando a las musarañas y alimentándome de techos. ¿Sabes? Te compuse mil baladas de añoranza. Y balas mal disparadas con la culata rajada.
Estabilidad de color amarillo pálido. Cálida explosión.
Un palacio de cartón que cada vez que llora se deshace.
Esperándola y que no llegaba y no me di cuenta que me tiré de su tren en marcha. De sus caderas en marcha. Fue como el descubrimiento de que no era un tinte ocre y se trataba de un explosivo.
Sigo esperando en las vías, que llegan a mis venas, a ver si llega un tren que me devuelva el viaje.

miércoles, 28 de mayo de 2014

Llamas de mis cenizas.



La noche, tan oscura y desierta como todas las anteriores. Tan sombría y triste que eriza la piel de los que no estamos con Morfeo en ella. En el silencioso ruido de mi respiración retumba un eco de soledad.

Puede que seas tú llamando a la puerta de esta casa con moqueta. Moqueta creada por las cenizas del incienso de vainilla que envuelve todo el ambiente. En efecto, ahí estás, cubierta de gran cantidad de agua por la tormenta que has sufrido hasta llegar a mi porche.
Te ves tan macilenta y tan tierna que dan ganas de besarte, pero no. No estaría bien.
Te invito a pasar a mi pequeña morada, a sentarte junto la chimenea prendida, en el sillón retorcido, el único asiento del salón, y a un gran tazón de chocolate caliente, con sólo unas gotas de leche. Yo me sirvo un té de menta y me recuesto a tu lado. Nunca entendí lo bien que te acomodaste, desde el primer día, a ese intrínseco asiento.
Empiezas a narrarme que te sientes sola con tu típica manía de rimarlo todo. Que nadie te entiende más que yo. Me ruegas que te abrace, pero no. No estaría bien. Empiezas a gimotear y tiritar, te alcanzo una manta, pero no te calma, necesitas calor humano y sabes muy bien que no puedo dártelo. Que es imposible que lo encuentres en mí.

Te haces un ovillo con la manta encima de mis piernas y cierras los ojos. Empiezas a susurrar el porqué te casaste con el vicio. Intento acariciarte la cara, que tienes aún helada pero no puedo. No estaría bien.

Y, de golpe, abres los ojos. Te encuentras abrazada a la cama por las correas de la habitación. Y gritas. Y de nuevo esos humanos vestidos de blanco. Te dicen que te vuelvas a tomar esas pastillas que te dejan exhausta, dolorida y aturdida. Te las tomas sin rechistar, prefieres estar en mi mundo que consciente. Pobrecita mía, prefieres estar en mi presencia, un ser sólo existente en tu mente antes que en la realidad.
Desde el accidente no conseguiste ser la misma… Te culpas por algo que de ninguna manera fue culpa tuya. El incendio lo devoró todo menos a ti… Por lo menos no del todo.
Has vuelto a venir conmigo, a este mundo fabricado por tu mente y sabes que no puedes seguir aquí, que no es sano, así que te he escrito una carta y la he anclado a nuestro extraño sillón.

“No merece la pena humedecer los ojos por una partida inevitable, que era lógica y se conocía de antemano. Seguiremos siendo como las golondrinas y el balcón de Bécquer, como la primavera y la alergia que conlleva, como el frío invernal y su época, como el alcohol de noventa y seis grados y las heridas abiertas... Mi alma sólo te grita que le saques las ganas de vivir, de tantas líneas curvas ya no reconocía un camino quebrado del correcto, que te has convertido en la luz que me ilumina la mirada... Pero no nos engañemos, te irás, me iré, desapareceremos de la vida del otro.
Las personas son como aviones y aeropuertos: van y vienen; está asumido, costará hacerte a la idea, pero es la idea en sí. Harás tu vida lejos, o cerca, qué más da, es la vida la que te dará la felicidad que necesitas, no yo; haré mi vida lejos, o cerca, qué se yo, pero será el tiempo quien ordene los demonios, no tú. No nos perdamos ahora, aunque duela después, hagamos que merezca la pena y llevémonos un buen recuerdo.
Somos presos del tiempo, somos los amortiguadores de los relojes de arena estropeados. Serán susurros de silencio por las mañanas, serán arañazos desgarradores por las noches. En el tiempo libre que haya, serán recuerdos que viajarán por cada tramo de piel... 

Serás tú en formato lejano. No quedará otra más que doler, doler en el pensamiento ajeno hasta que el propio sufrimiento entumezca los sentidos, hasta no percibir nada de ellos.
Y no te preocupes. Estaré tan bien como siempre lo he estado. Estaré sonriendo por algún motivo tonto o serio, cercano o lejano; sonreiré por mi motivo actual o por otro creado. No perderás el tiempo pensándome. O sí, sí lo harás, pero el reconocerme como debilidad no es tu fuerte, lo sabes; pero qué le voy a hacer más que esperar que no me entregues a los brazos del olvido, ya que tú nunca al olvido serás condenada.
Y al pensar que el futuro de al lado es triste y demoledor, solamente me queda salir corriendo, pero en sentido contrario a la huída, para así poder abrazarte por última vez. Siempre he estado huyendo. Siempre estuve escondiéndome de lo que me daba miedo. Pero ahora... No le veo sentido, tú te irás y yo me quedaré sin ti.
No te sientas triste por llevar tu vida por buen camino. Nunca quise ser tu responsabilidad ni tu lastre y ni mucho menos tus frenos, quiérote en tu libertad, quiérote con tu forma de ser, quiérote como diamante en bruto escondido entre la escoria, pero te querré más cuando dejes de tener miedo a brillar y sé que a mi lado no podrás. Tienes que volar.”
 

Y poco a poco la casa empieza a quemarse, como el último recuerdo que tienes nuestro.
Pero el fuego no quema, se esfuma cual humo, cual lágrima en la lluvia. Me ves y
vienes corriendo a abrazarme. Te soy recíproco y poco a poco voy desvaneciéndome
mientras veo pequeños caballos salados y veloces recorrer tus mejillas.
 

Y entre mares de tus ojos emanantes, despiertas, esos humanos te desatan y te llevan a
la vista del psiquiatra y por primera vez en años le hablas de lo que pasó:


“Me desperté en una habitación en llamas, sin poder respirar, notando como cada tramo de mi piel caía bajo las lenguas candentes. La gente miraba. Yo no podía evitar llorar y gritar de dolor. Nadie hizo nada, ni siquiera yo misma. Cuando salí, con las quemaduras deformando mi estructura, de lejos divisé una silueta oscura, que mis cansados e ineficaces ojos no podían descifrar, sin detalles significativos. No para el resto. No para esa gente que no hace nada. No para aquellos que se aferran a la vida que se les da hecha, pero que llamó la atención de lo que quedaba de mis sentidos. Demasiado… Y me desperté en el hospital. Me dijeron que él había muerto y que yo me recuperaría. Sin él no quería.”

El médico anota cada cinco palabras que pronuncias. Su expresión no varía, se mantiene seria y con el ceño fruncido. Cuando terminas de hablar el único gesto que hace, el que tan bien conoces, es negar con la cabeza. Los celadores te vuelven a llevar a tu mansión. 

Y allí estás, mirándote los pies, sentada en la cama con la cabeza hundida en tus rodillas.

martes, 27 de mayo de 2014

No sabría decirte.

A veces la vida te da un vuelco de ciento ochenta grados y se pone a hacer el pino con falda, dejándote admirar sus bajos oscuros.
A veces no encuentras el camino cuando te inforrman de "tenemos que mudarnos a otro país por trabajo" y no puedes decir nada al contrario. Nada que lo remedie.
A veces lo que consideras un gran montón de mierda no es más que la escoria haciendo crecer un diamante entre sus entrañas.
A veces la que conociste como caperucita termina siendo el lobo feroz y es mejor que la abandones en el bosque antes de que te coma.
A veces, las menos, cuando estás triste encuentras música que en vez de deprimirte te suba como la viagra.
No, querida, tú fuiste aquel plato lleno de patatas fritas que me comí de una sentada y que después no me sentó mal. 
¿Quién iba a saber que te iba a querer devorar todas las horas del día? Porque ni aunque me lo recomendase el médico me lo iba a creer. Porque, vamos a ver, yo era el rey de ese planeta diminuto que decía ser un rey justo y quiso hacerte embajadora, a ti, la flor de baobab más presuntuosa, orgullosa y espinosa que existía en otro mundo.
¿Qué soy ahora? ¿El contador de estrellas? Pues no, ya no soy nada.
Me has convertido en nada. En la nada. En lo que siempre pasa.
Estarás contenta. Yo aquí perdiendo lo que no tengo y bebiendo todos los vientos por el movimiento de tu falda.
El eterno retorno que decía Nietzche. Qué razón tenía.
Y qué falta de todo tengo.
No sé, tu culo podría considerarse mi religión, me arrodillo ante él y lo alabo y lo lamo y lo muerdo y... Tus pechos mis mesías, pequeñas copas de nata y fresa que cumplen eso de "si breve dos veces bueno".
¿Me preguntas por mi pecado? Pues cuando te muerdes los labios y la sangre empieza a regar mi alma concupiscible.
¿Obsceno? ¿Me lo dices tú que eres la dueña de los movimientos de cadera, de enseñarme el camino de la sodomía y que me pone las manos para que la azote o la abofetee en busca de contrastes?

Mierda, no puedo rebatirte nada. Eres dueña y señora de mi llave maestra. Soy tu simple muñeco de goma que usas cuando te apetece o aburres.
Te arrancaría la piel a mordiscos salvajes. De esos que tú usas cuando tienes ganas de marcha, los que dejan marcas interesantes en zonas sensibles. Pero si lo hiciera me castigarías poniéndome en cuarentena de ti. Y creo que ninguno de los dos queremos eso.
Demonios, llevadme, ella es demasiado complicada para mi defectuosa inteligencia. Pero traedla conmigo, que así no me aburro.

martes, 1 de octubre de 2013

Cristal y no.

Una mesa de cristal, con un vaso de cristal, con una botella de cristal, con un cenicero de cristal lleno de colillas, con tu corazón de cristal...
No ves nada más que el humo que sale de los pulmones de tu alma, el teclado y en la pantalla una mierda escrita pensando en ella.
Te llaman al timbre, te levantas y abres, la chica con la que sales, a la que dices que quieres, sonriéndote en el umbral, se te escapa una sonrisa tonta y te das cuenta de que en la pantalla de tu portátil sigue estando lo que has escrito y ella no puede leerlo, no debe, le partirías el corazón. Te adelantas, le das un beso cariñoso y te apresuras a ir al salón y cerrar el documento.
Ella se sienta a tu lado y te empieza a contar cualquier tontería que sabe que te va a hacer sentir bien, que te va a dejar la mente en blanco, que te va a sacar mínimo una sonrisa... No le mereces y lo sabes, pero no quieres perderle, aunque sabes que, ese asunto de tu cabeza, tendréis que hablarlo.
Fuera empieza una tormenta de tamaño proporcional a la que se te avecina dentro.
Pones una película, ella está distante, pero no lo suficiente para negarse a estar pegada a ti, termináis echando el mejor polvo hasta la fecha y, aún desnudos, os ponéis a hablar.
Ella escucha, paciente, con mirada de comprensión y sabes que de verdad lo hace, tú sólo hablas, le explicas la situación y le enseñas el documento reciente. No puedes aguantar las lágrimas mientras le pides perdón y ruegas su cariño, que es lo único que te queda. Ella te abraza y te consuela, te quedas dormido en sus brazos, entre sus caricias, sabiendo que a la otra no la necesitas, sólo sientes un cariño pretérito estancado y te empiezas a dar cuenta de tu error...
Notas movimiento de cama, de ropa y de llaves, oyes la puerta cerrarse despacio sin hacer un ruido excesivo. Se ha ido. Lo entiendes, pero se ha ido dejándote solo en la tormenta.
Te levantas mareado entre lágrimas y lees la nota que te ha dejado: "lo siento, me surgió algo", entonces, sabes, que no volverá a ser nada. Que no te queda nada. Que le has perdido para siempre.

lunes, 23 de septiembre de 2013

En segundos amanece.

De nuevo te encuentro aquí, enfrente de mí, mirándome con lágrimas en los ojos.
Sólo veo dependencia a no saber depender, a no quererlo, dependencia que hace tres años no había hasta que encontraste a alguien que te demostró algo, ese algo que ahora buscas desesperadamente entre un cúmulo de gente desconocida, gente a la que temes, gente que te desagrada.
Una lágrima recorre tu rostro, luego otra y otra y otra más... Pobre de ti, buscas desesperadamente algo que no volverás a encontrar, algo que tuviste y no supiste demostrar nunca, algo que te hacía bombear ilusión... Algo que te reconfortaba y te hacía sentir viva... Algo que no crees volver a tener dentro de ese témpano.
Pero, ahora, ¿qué tienes? Nada, ¿qué perdiste? Todo lo que podías haber ganado en algún momento.
Tus miedos, temores, dolores, sentidos... Atrofiados.
Tu dependencia de encontrar a alguien que te calme el escozor de tus cicatrices que tú sola no sabes paliar, tu necesidad de necesitar a alguien... Pero no puedes, no sabes y te da miedo.
Tú y tus miedos, miedo a que te defrauden, miedo a confiar en alguien, miedo a enamorarte... Llevas tus miedos como Sísifo el peñasco, montaña arriba hasta la cima, para que al final, cuando casi la alcanzas, el peñasco cae ladera abajo y vuelta a empezar de nuevo, entrando así en uno de tus bucles.
Vicios y bucles.
Y aquí estoy, mirándote, mirándome, mirándonos. Observando como alguien que te merece la alegría, nos la merece, se cansará y terminará yéndose por tus tonterías, nuestras tonterías, y obviamente no tendrá culpa ninguna por más que intentes desprenderte de tus errores, nuestros errores, achacándolos al resto.
No sabes más que autocompadecerte y pensar y empeorar tu situación, tu enfermedad, tu depresión, como si fuese lo más maravilloso y gratificante del mundo, en vez de permitir que alguien te ayude a salir de tu abismo.
Eres estúpidamente decadente.
Estúpidamente perfeccionista y exigente.
Eres tú siendo tú.

miércoles, 7 de agosto de 2013

Inercia.

Despiertas.
Sus pechos en tu cara. 
Su desnudez debajo de ti.
Sus manos apaciblemente en tu espalda.
Son las cinco de la mañana, está tan bonita como la noche anterior.
El despertador emite un pitido antes de que tú lo apagues, antes de que ella pueda despertarse.
Tu despertador biológico lleva en pie desde hace horas
Tu lengua en sus pezones, salteándose con tus manos.
Se retuerce y sonríe en sueños.
Con una eterna caída, una de tus manos le recorre hasta su monte de Venus, erizándole la piel.
Jugueteas con su clítoris, ella se retuerce y gimotea de manera adorablemente excitante.
Se gira, dándote la espalda, deviando tu atención a otras zonas de su anatomía.
Tus manos, sentidas expulsadas, se lo toman como revancha. Recorren su espalda hasta volver a su monte por la ladera contraria.
Mientras jugueteas con su cuerpo, le llenas la espalda de besos y mordiscos que le hacen despertar.
Te mira con deseo y te enseña los dientes, te está retando y lo aceptas con una embestida.
Tus manos agarran sus nalgas mientras te clavas en ella, y gime y jadea y se agarra al colchón con manos y dientes.
Jadeas, le azotas, quieres más y más profundo. Te pegas a ella, le agarras las tetas... Quieres más.
Se desquita de ti para poder comerte, te mira a los ojos, sus manos parecen más de dos, le agarras de la melena y le sigues el ritmo hasta que le apartas, le tumbas y bajas a sus cumbres, a explorar, a explotar las minas, a utilizar el tacto en busca de nuevas metas, en busca de sus cascadas. 
Una vez saciada tu sed, vuelves a la altura de su boca, a probar sus labios superiores, a beber de su alma boca a boca. 
Te introduces, una y otra y otra vez. 
Calor, sudor, vecinos quejándose de los ruidos, de la música ambiental que habéis creado. Después de un rato, un buen rato, el último grito de gloria de sus labios, de tu garganta sólo jadeos, sólo placer, sólo aumentos del ritmo, sólo terminas exhausto encima de ella, sonriente, preciosa, aún aturdida.
Los desayunos nunca te han llenado y ya estás esperando al almuerzo de las doce, que seguramente se adelante, lo adelantes, como has hecho con la primera comida del día, todavía te quedan tres horas para ello, sabes que lo adelantarás en unos... ¿Cinco minutos? 
Más le vale aprovechar ahora para respirar.

domingo, 28 de abril de 2013

Población estratificada.

"Uff... Qué dolor de cabeza" Piensas cuando te despiertas, vuelven a ser las cuatro de la madrugada, anoche te bebiste hasta el agua de los floreros para poder dormir algo, pero no has descansado, la maldita obra maravillosas de tus dos aplicaciones de microscopios de tus ojos se ha vuelto a activar sin aviso, se han encendido las luces y tú, maldita existencia, has vuelto a marearte mientras dormías, has vuelto a analizar tu interior...
Cada vez duermes menos y de descansar ni hablamos,los trabajos se esfuman como si de humo se tratase, pobrecito de ti... Desde que intentaron darte caza por tu don o por tu desgracia... Sólo intentabas ser útil, sólo te dedicabas a estudiar en laboratorios, pero el material de los mismo no era lo mismo que tú podías conseguir con tus ojos... Nunca has tenido necesidad de visitar el médico, nunca has tenído que lidiar con ellos desde que intentaron utilizarte cual cobaya experimental...
Tuviste que cuidarte y entenderte a la fuerza, intentaste ayudar a la gente, perdiste a tus padres por temor a lo que fueras y quién en su día te quiso dejó de existir hace años...
Odias al ser humano, odias tu existencia, puedes ver y no ver a tu antojo, lo que se puede y lo que no podría ni soñar el ojo humano normal...
Los pensamientos sangrientos recorren tu cerebro, sabes cómo hacerlo, sabes que no puedes hacer nada por ti... Sabes que no puedo hacer nada por ti, sólo soy tu conciencia, todo esto lo llevas pensando mientras te levantabas dirección al baño, te sientas en los fríos azulejos... El espejo sólo sabe reflejar tu decrepitud sin poder evitar echarte a llorar...
Solías comparar tu "don" con la Tierra y a ti con Atlas, pero ahora mismo sólo puedes pensar en que más bien eres Sísifo...
Intentaste compararlo frívolamente con la caverna de Platón... 
No deberías quedarte ahí, tirándote del pelo, no puedes herirte por algo que no tienes culpa...
Levántate, puedes cambiar el mundo, vamos...
-¡AH! -gritas pegando puñetazos a la pared, mientras brotan de tus nudillos sangre y de tus ojos emanas lágrimas inagotables... -Mañana... Mañana lo haré... Prepararé los materiales... Los desinfectaré... Sí, lo haré...
Te comportas como un lunático... No puedes seguir así... Piensa en qué sería de ella sin tu protección...
-Ella... -susurras en shock, dejando de hacer tonterías... - Lo siento...
-Sé lo que te pasa, te entiendo, lo sabes... - Te susurra mientras te abraza- Da igual si tengo que cuidar de ti o no, tú ya lo haces conmigo desde hace años, pero no voy a permitir que te mates... -dicho esto el tortazo que te suelta te espabila, te hace abrir los ojos, válgame la broma.
Le abrazas, le pides perdón, le acompañas a su habitación, le arropas y le das un beso en la frente, todo sin poder evitar el sufrimiento que puede suponer cargar a tu hermana con inválido ocular...

jueves, 4 de abril de 2013

Comunidad biológica.

Una pequeña casita de madera, rodeada por un bosque de coníferas que protege un lago cristalino formado por una cascada, desde la casita se pueden ver las olas del mar romperse al contacto con la orilla.
 

Es de madrugada, una fina niebla arropa la casa, el sol empieza a saludar, pero ella ya estaba despierta desde hacía horas, ahí sentada, en su sofá retorcido, entre las cenizas del incienso de vainilla...
De pronto un íncubo aparece de las lenguas de la chimenea encendida.
 

De pronto todo se ilumina.
 

De pronto se encuentran hablando vanalidades, risas educadas y miradas perversas.
 

El entorno es agradable, la pequeña neblina ha desaparecido, pero el sol ya no brilla, está todo el cielo cubierto de nubes de tormenta.
 

Últimamente hay demasiadas tormentas.
 

Dentro de la casa se está provocando un seísmo, ella ha caído bajo los encantos de demonio de fuego, lo que él no sabe es que ella también estuvo en su día en el infierno, que fue desterrada de allí hacía años, pero en su interior seguía guardado lo que fue.
 

Los acercamientos son inevitables, el contacto estaba escrito.
 

El primero, el segundo y el tercero... 

Aún no han desfallecido, pero algo ocurre, las cenizas se han esfumado, han desaparecido, el suelo se descubre con una mullida capa de musgo como alfombra.
 

El teatro de ella ha hecho desaparecer su propia coraza, su propio crucifijo y cuando quiso mirarlo por última vez, sólo se vió a si misma, complementándose.

martes, 26 de marzo de 2013

Ecosistema. Verde ecosistema.

El tic tac de un reloj perdido, susurros, silencio, gotas golpeando las ventanas, truenos...
Lluvia, tormenta, oscuridad rota por algún que otro rayo...
Soledad acompañada, pereza rota por las ganas de fundirse, pensamientos suprimidos, una manta cubriendo las pasiones...
Él sin creer en el amor ni en la felicidad, sólo en lo que él mismo entendía por sentimientos y en lo que creía de amistad, para él todo era demasiado frívolo, demasiado efímero, demasiado ligero, todo menos ella, aún así no era la única en su vida, ella lo sabía, le conocía demasiado bien; ella con su concepto de amor deformado, sin creer en la amistad ni en ningún tipo de relación social humana, sólo creyendo en lo tangible, en ese momento sólo él era físico, nada más allá de esa barrera, consiguiendo lo que quiere, a quien quiere, tiene las cosas claras y sabe perfectamente que es un puerto al que él puede llegar las veces que quiera, que siempre estará para él, que siempre permanecerá inamovible.
Los lazos de amistad sólida que unían sus almas hasta hace unos minutos, ahora mismo estaban uniendo los dos cuerpos, las dos carcasas que los envolvían se estaban fundiendo, derritiéndose, creando una paz absoluta a su alrededor, como un jardín, un clima que perfectamente podría tener el color de la tranquilidad, obviamente perturbada por suspiros, risas y gemidos.
El uno deseaba los labios de la otra, la otra deseaba coger las riendas, uno acariciando las mejillas de su contraria con los labios, la otra girando la cabeza haciendo que los labios se encontrasen, besos tímidos que dieron paso a lujuria, carne y piel, saliva, lenguas enfrentadas, caricias y escalofríos. Vicio.
La ropa ha desaparecido entre las espinas de ese cielo, enfermos de pasión, tristes despojos desprovistos de su parte sensible y llevados por sus esencias, buscando sitios dónde morar en el otro, aunque sólo sea por ese momento, por esa eternidad, descansando sus alientos entre las embestidas, entre el traquetreo de los muebles del seísmo que estaban provocando, ya estaban perdidos debajo de sus tormentos dándose todo el placer y a la vez todo el dolor, como si fuera una vacuna y el mismo fuera el virus descuartizado para crear defensas, aprisionados en su oscuridad verdosa, cegados por la luz del éxtasis, del clímax, las llamas que parecían creadas por sulfato de cobre...
Definitivamente se estaban sacrificando por el otro, arrancándose el corazón y despreciándolo.