No pudimos ser. Lástima de mí y suerte la tuya.
Es un día otoñal con un frío interno que no me deja
sentir el exterior. Y te recuerdo, intentando componer una canción sin
recomponerme, diciéndote lo mucho que te odio.
Allí estabas, con tu cárdigan color borgoña, tus
pantalones vaqueros ajustados y tus botas altas de ocho ojos y cordón fuerte.
Me mirabas fijamente y yo no sabía cómo esconderme de tu mirada de fiera parda.
Una mezcla de indiferencia y “quiero devorarte”.
En mi parada, bajaste, siguiéndome; como siempre, lo
que quieres lo coges. Y ese día fui yo.
Dijiste que querías ser libre, que fuéramos a la
playa, que la ciudad te estaba asfixiando, que la mierda te llegaba al cuello.
Y me dije “¿por qué no?” y allí fuimos. Durante días estuviste haciéndome
sentir como único en el mundo. Y contándome tus historias para no dormir. Y
escuchabas mis tonterías, quién sabe el motivo. Construimos una montaña desde
donde podíamos robar las estrellas. Putas bolas de hidrógeno flameante.
Un día después me desperté y ya no estabas. Sólo una
nota de carmín en el espejo del baño. Que te aburrías y que te ibas a buscar a
alguien menos arrogante y más alocado, que te siguiera los pasos hacia una
autodestrucción utópica. Y yo, con cara de gilipollas, me abalancé hacia el móvil
para rogar tu vuelta. Comunicabas. Fui hasta tu casa y no estabas, nunca
estabas. Ni siquiera estuviste en algún momento. Tus compañeros de piso me
dijeron que te habías ido hacía tiempo, que ya no volviste a salir desnuda del
baño ni a fumarte una ele.
Estuve encerrado en casa durante días. Muchos. Los
vecinos que nunca saludaban, me dirigían la palabra para decirme que pensaban
que el olor a muerto que salía de mi apartamento era yo pudriéndome dentro. Y
bueno, sus amabilidades no iban desencaminadas.
Mis amigos diciéndome eso de “hay muchas zorras en
el bosque” y yo intentando comportarme como un adulto. Girando sobre mí mismo.
Antes de ti, tenía unas ganas increíbles de comerme
el mundo entero. No he vuelto a coger mi vida para nada.
Antes de ti, mi sangre no quemaba. Maldito día de lluvia y metro en el que
conocí tu mirada.
Culpa del bamboleo de tus crestas ilíacas. Ilíada
que formaste con tu partida.
Pasé días mirando a las musarañas y alimentándome de
techos. ¿Sabes? Te compuse mil baladas de añoranza. Y balas mal disparadas con
la culata rajada.
Estabilidad de color amarillo pálido. Cálida
explosión.
Un palacio de cartón que cada vez que llora se
deshace.
Esperándola y que no llegaba y no me di cuenta que
me tiré de su tren en marcha. De sus caderas en marcha. Fue como el
descubrimiento de que no era un tinte ocre y se trataba de un explosivo.
Sigo esperando en las vías, que llegan a mis venas,
a ver si llega un tren que me devuelva el viaje.
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