Me vuelvo a ir:
sola,
taciturna,
absurdamente cosificada,
codificada.
Bloqueada.
Nunca te dije lo importante que era tu apoyo incondicional cuando trataba de escalar castillos en el aire, porque nunca me gustó entrar por el portón.
Los dinteles de las puertas nunca me han dado seguridad; ni siquiera en aquel terremoto que hizo caer todos los cimientos de lo que fui.
Y qué error más grande fue demostrarte lo importante que era tu apoyo categórico cuando trataba de bucear hasta las cuevas más profundas de las fosas oceánicas, sin traje de buzo ni contenedores de oxígeno, porque nunca me gustó pararme a respirar.
El pararse siempre me resultó una pérdida de tiempo; sólo hay que ver la de él que perdí parando a saborear tus detalles y a respirar tu esencia.
El otro día estuve mirando cómo atardecía en los cristales de las ventanas del edificio de enfrente. Me sorprendí recordándonos; corriendo como almas que lleva el diablo hacia las cumbres de las colinas que rodean nuestra ciudad de cartas, siempre llegando a tiempo para ver el atardecer, refugiándonos el uno en el otro. Me sorprendí rodeada por tus brazos desde mi espalda.
Y de golpe, el cielo se tornó difuso. Y sin previo aviso se ha vuelto de noche gracias a una capa tupida de nubes mullidas y grises oscuro. Una tormenta de rayos, truenos y lluvia ha empezado a calarme el alma mientras riega la calle.
Lástima que ya no volvamos a recuperar horas perdidas juntos; tardes en las que tú tumbado en mis piernas y yo, besándote y acariciándote los lunares de la espalda, leyendo en alto narrativa fantástica. Lástima de un final sin feliz y sin nosotros.
Sin embargo, el repiqueteo constante en las placas de acero blindado que tengo alrededor de mi mundo interno no deja de entornar rítmicamente la puerta del desván de anhelos, enclaustrados por el bien común de lo que me queda de estructura.
Pero no puedo hacer nada más.
Te llevaste la llave de la cerradura, y a saber qué hiciste con ella en tu huída rápida de la cueva celeste en la que me encontraba: solitaria, empapada, triste, enfadada... Después de acondicionarla haciendo que pareciera un hogar, secándome las lágrimas del cuerpo, convirtiéndolo todo en un sitio luminoso, cálido y habitable.
Por favor, no te pienses que te estoy dando los méritos, sé que tú simplemente llegaste y aposentaste tus posaderas en lo primero que viste para observar a la criatura que se erguía delante de ti desnuda, desprotegida y frágil, con cierto miedo a lo desconocido, cierto morbo por el miedo y cierta curiosidad por ver qué era y lo que era capaz.
Todo lo del hogar fue cosa mía, que por fin pensé haber encontrado alguien que no quemase los muebles, arrancase la moqueta o me lanzase cuchillos al cráneo.
Y cuán errada estuve, ¿verdad?
El búnquer siempre fue una buena tumba, pero resultó que también podía ser una fortaleza. Y creció vida y plantas y emociones y sentimientos y alegría... y yo. Sólo con tu mera presencia de observador pasivo, mientras yo intentaba ser la mejor anfitriona y demostrar que al menos algo sí que merecía la pena.
Florecí aportando lo mejor que un ser extraño, ingenuo e inexperto puede aportar: su lado más puro y todas las cosas buenas que tenía a su disposición.
De todos modos, siempre supe que lo que en su día empieza, en otro día se acaba. No me extrañó tu partida, ni siquiera me llegó a doler; ni siquiera fuiste el primero. Lo que sí hizo fue destrozarme.
Cuando decidiste utilizar la salida de emergencia, encerrándome a mi suerte con llave, las mechas prendidas de las velas de vainilla se descontrolaron y prendieron el resín.
Se quemó todo.
Y sigue quemándome por dentro, porque cerraste las puertas, pero los conductos de ventilación siguen abiertos y funcionando cuasi a la perfección, por lo que sigue habiendo oxígeno que alimente el fuego.
La ironía de ti, vida, que ahora esté encerrada en mí misma, sentada en un sillón retorcido y extrañamente cómodo donde ha empezado a crecer vida aclimatada a este hábitat, debajo del portón, parándome a respirar, percibiendo todos los detalles.
Tan seca y vacía -aunque llena de escombros- que ni llorar me sale. Visitando de vez en cuando la cornisa del conducto de respiración número veinticinco, corriendo para poder ver cuarenta y dos atardeceres en un día.
Que maravilla.Eres una gran artista y una gran amiga
ResponderEliminarAl utilizar tus propias fotos queda una obra de con bastante unidad.
ResponderEliminarLa vainilla nunca debería ser letal.
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