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martes, 29 de octubre de 2013

Cafeína o adrenalina, no recuerdo bien lo que era.

Vuelve el invierno, trayendo el frío físico de la mano.
Te enciendes el último cigarro, sentada en la cornisa de la azotea, mirando pasar la noche, como cada una de las que han pasado en estos últimos once años.
El cielo está estrellado e imaginado, ya que la contaminación lumínica ha apagado esos pequeños farolillos hace mucho,y la Luna creciente te sonríe, te relaja.
Corre una pequeña brisa invernal que te congela hasta los huesos, pero llevas rato sin sentir nada, horas sin sentir nada. Puede que incluso años.

Es de madrugada, la hora más oscura de la noche, te tomas tus veinte miligramos de Paroxetina diarios, te metes dentro de casa por tu ventana y sonríes, no sabes muy bien por qué, pero lo haces y empiezan a brotar lágrimas por tus mejillas.
Estás en la pared, frente a la ventana por la cual hace un minuto has entrado, la miras fijamente, coges carrerilla y saltas por ella, al vacío, sin contemplaciones.

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