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viernes, 6 de diciembre de 2013

Seis de enero del noventa y ocho.

Sentada en el borde de la azotea, te pierdes en las lucecillas de la ciudad que te envuelve.
Piensas en lo mal que te estás mientras vacías la última de Brugal que te quedaba. 
Empiezas a hacer memoria y llegas a esa fecha tan marcada, tan importante, tan asquerosa.
Desde entonces, desde ese día, los años pasaban desarrollándose con aparente normalidad, todo lo aparentaba. Las relaciones sociales externas siempre fueron malas, o siempre terminaban mal si no es que empezaban así... El único refugio que quedaba eran las internas y no. 
El que considerabas tu superhéroe y modelo a seguir también te abandonó y ni siquiera quería decírtelo, la dama del sillón cada vez era más fría y la que te daba cariño casi no podías verla, aún así podías rebañar cada mínimo de cariño.
Con ese grado de anormalidad siguieron empeorando los años.
El reino cada vez te hacían sentirte más y más y más y mucho más sola, un día, fuera de él, encontraste a un jardinero que consiguió rescatarte de las garras de aquel monstruo que te arrastraba a las tinieblas. Jardinero al que amaste como a nadie pero, como era normal, las cosas terminaron mal, las rosas se marchitaron y las que quedaban hermosas fueron podadas, quedando de recuerdo los almendros en flor constante.
Siguieron pasando los días, empeorando tu situación emocional, el cariño se te enquistaba por momentos, entorpeciendo el transcurso de tu orden caótico interno. 
Vislumbrabas sombras, figuras, llamas... 
Pero de siempre ibas mirando al suelo, hasta que te paraste en frente de unos pies que se habían interpuesto en tu camino sin rumbo, lo rodeaste y se puso a caminar a tu lado, empezaste a levantar la mirada del suelo por matar la curiosidad que te despertaba ese ente extraño y diferente.

Y así estás, sentada con él al lado, sin entender muy bien qué es lo que pretende contigo, sin entender muy bien tus sentimientos ni cómo demostrarlos, con tu carencia de cariño, con la mirada perdida en el vacío, con la botella vacía en la mano.

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