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sábado, 1 de febrero de 2014

Invierno.


El sol debe de estar brillando por encima de ese manto de nubes grises, que 

hacen de techo natural.

En la calle sólo se escucha el ruido de motores, de frenadas bruscas y los 

cláxones aullando. Pasa incluso alguna sirena auxiliadora o justiciera.

Calor. Una oleada de calor te atraviesa el alma. Tienes las persianas a media 

asta y la habitación tiene complejo de sótano.

Ves las pequeñas luces que filtran las cortinas de la calle y que el reloj marca 

el medio día; la habitación ordenada y limpia, parece esperar con ansia que 

llegue de nuevo el caos y la destrucción, pero no, hoy por lo menos no.

Los radiadores de toda la casa están apagados y tú, medio desnuda te 

paseas por ella como si fuese el mismísimo infierno a todo gas, te duchas 

con agua fría y ni siquiera te secas, estás sofocada de esa

llamarada anterior. Podrías incluso salir a la calle en esas condiciones que ni 

un catarro se atrevería a tocarte.

Miras por la ventana mientras bebes un vaso de leche bien fría y observas 

que el termómetro de la farmacia de enfrente marca menos cinco grados,

sonríes plenamente.

Hacía años que no recordabas esta sensación de plenitud. Que no te 

acostabas comiendo techo. Que no te levantabas con ganas de vivir.

La máquina del café te avisa de que ya está empezando a cumplir el tesoro 

negro bien cargado.

Un leve movimiento de sábanas y unos pasos torpes te avisan de que tu 

acompañante de esa noche se acaba de levantar. 

Y sonríes. Y tus ojos hacen juego con tu sonrisa. Y saltas encima de él.

Y el invierno no parece tan horrible como llevas pensando desde que eras 

pequeña.

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