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miércoles, 5 de febrero de 2014

Dios nos salve del reino.

Inspiras. Hondo.

Escuece.

Sangre. 

Tu boca sabe a sangre.

Mirada al vacío.

Laberinto de pensamientos.

Pasiones reprimidas, sueños.

¿Qué fue de lo que querías ser? 
Perdido. Como tú. Roto.

 Sonríes sádicamente mientras el río sangriento brota de tus labios y caminas.
Es noche cerrada, ni siquiera la Luna sale a despedirte, a darte la bienvenida.

La toxicidad de tus pensamientos empieza a corroer tu mente.
¿Dónde estabas cuando más te necesitabas?
 Arrojas el paraiso a los suelos de tu desdén.

Miras el andén y las vías y el tren.
Que se aproxima.
Y empiezas a reír.

Te terminas el último trago de whisky que te queda en la botella, la cual revientas con rabia en las piedras de tu camino improvisado y levantas los brazos a lo que en su día fue una cara bonita, mientras una risa estridente permuta el poco silencio que permite rodearte el sonido del tren acercándose.

 Te sientes completamente bien.

Vivo.

Adiós.

Bienvenido.

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