Creo que se me pasó la tontería el veintidós de
febrero del año pasado. Pero sigue doliendo esa cicatriz y no por el hecho de
haberla hecho.
Supongo que todos tenemos en la vida una persona que
hace que la vida de una vuelta de setecientos veinte grados y parezca igual,
pero no.
Y qué si te debo otras mil vidas de agradecimiento
por todo. Pero si no podemos con la de ahora en este instante, imagínate luego
desde el principio, desde el precipicio.
Fuiste las ganas de vivir que tenía de golpe cuando
te conocí y que se me fueron yendo de la mano con Cupido según avanzaba el
tiempo, la vida.
Y te consideré eso: mis motivos, hasta que se
demuestre lo contrario de otra torta en la cara que la vuelva cruz.
¿Podría ser que éramos como dos ranas en busca de un
solo charco? Quién sabe.
No me gusta el invierno porque me recuerda a ti. No
soporto el verano porque te recuerdo a ti. Otoño y primavera sólo son paseos
juntos por el parque y catarros y alergia.
Podía contar contigo con sólo decirme “hola” hasta
que empecé a ver en tu mirada una indiferencia que las palabras que salían de
tu boca negaban.
Y aunque no fue culpa de nadie, fue mía por haber
sido tan insegura siempre y haberme creído tan dura e insensible cuando no es
así. Por lo menos no contigo.
Como arena entre las manos se iba todo, por mucho
que nos las apretásemos cuando caminábamos terminábamos soltándonos.
Y esto sólo es para tranquilizar el desorden interno
que arranca las postillas cada cierto tiempo mismo.
Lo de sonreír al verte podría decirte que era una
escusa, pero si hasta cabreada te miro embobada desde lejos.
Como dice una canción: “Me muero del mono y no te
pido por vergüenza. Joderla, joderla, volverla a joder. Cambiar lo conocido por
algo por conocer”.
Porque no tengo suficiente con lo mejor que me
dabas, porque creía que eran mentiras.
Y ahora yo sólo soy alguien frío y vacío. Y tú
sigues siendo. Y no puedo estar más feliz de verte bien y de que alguien te da
lo que yo no pude. Lo que yo no puedo.
Ha pasado gente muy variada y variopinta y nada,
sigo sin saber de ti en nadie.
Y me
arrepiento de haber destruido lo más bonito del mundo, como el niño que sin
querer pone en agua salada a su pez dorado porque no sabe que se morirá
deshidratado.
Y bueno ya he aprendido que la autodestrucción
funciona todos los domingos de la semana cuando tengo tiempo libre. Y más
cuando tengo miles de cosas que hacer.
Se nos acabó el amor de tanto usarlo. De tanto
ensuciarlo.
Celebraré una fiesta cuando consiga que no me
duelas. Cuando consiga aceptar que nunca estarás igual que cuando te conocí y
fuiste aire fresco en un bochorno tormentoso y de calor asfixiante.
Y sí, te he vuelto a escribir, veinticinco, qué
novedad, ¿verdad?
No hay comentarios:
Publicar un comentario