Etiquetas

sábado, 28 de junio de 2014

Cada momento fue como tocar una estrella: calcinante.


Creo que se me pasó la tontería el veintidós de febrero del año pasado. Pero sigue doliendo esa cicatriz y no por el hecho de haberla hecho.
Supongo que todos tenemos en la vida una persona que hace que la vida de una vuelta de setecientos veinte grados y parezca igual, pero no.
Y qué si te debo otras mil vidas de agradecimiento por todo. Pero si no podemos con la de ahora en este instante, imagínate luego desde el principio, desde el precipicio.
Fuiste las ganas de vivir que tenía de golpe cuando te conocí y que se me fueron yendo de la mano con Cupido según avanzaba el tiempo, la vida.
Y te consideré eso: mis motivos, hasta que se demuestre lo contrario de otra torta en la cara que la vuelva cruz.
¿Podría ser que éramos como dos ranas en busca de un solo charco? Quién sabe.
No me gusta el invierno porque me recuerda a ti. No soporto el verano porque te recuerdo a ti. Otoño y primavera sólo son paseos juntos por el parque y catarros y alergia.
Podía contar contigo con sólo decirme “hola” hasta que empecé a ver en tu mirada una indiferencia que las palabras que salían de tu boca negaban. 
Y aunque no fue culpa de nadie, fue mía por haber sido tan insegura siempre y haberme creído tan dura e insensible cuando no es así. Por lo menos no contigo.
Como arena entre las manos se iba todo, por mucho que nos las apretásemos cuando caminábamos terminábamos soltándonos.
Y esto sólo es para tranquilizar el desorden interno que arranca las postillas cada cierto tiempo mismo.
Lo de sonreír al verte podría decirte que era una escusa, pero si hasta cabreada te miro embobada desde lejos.
Como dice una canción: “Me muero del mono y no te pido por vergüenza. Joderla, joderla, volverla a joder. Cambiar lo conocido por algo por conocer”.
Porque no tengo suficiente con lo mejor que me dabas, porque creía que eran mentiras.
Y ahora yo sólo soy alguien frío y vacío. Y tú sigues siendo. Y no puedo estar más feliz de verte bien y de que alguien te da lo que yo no pude. Lo que yo no puedo.
Ha pasado gente muy variada y variopinta y nada, sigo sin saber de ti en nadie.
 Y me arrepiento de haber destruido lo más bonito del mundo, como el niño que sin querer pone en agua salada a su pez dorado porque no sabe que se morirá deshidratado.
Y bueno ya he aprendido que la autodestrucción funciona todos los domingos de la semana cuando tengo tiempo libre. Y más cuando tengo miles de cosas que hacer.
Se nos acabó el amor de tanto usarlo. De tanto ensuciarlo.
Celebraré una fiesta cuando consiga que no me duelas. Cuando consiga aceptar que nunca estarás igual que cuando te conocí y fuiste aire fresco en un bochorno tormentoso y de calor asfixiante.
Y sí, te he vuelto a escribir, veinticinco, qué novedad, ¿verdad?

No hay comentarios:

Publicar un comentario