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miércoles, 26 de octubre de 2016

Desorden inconexo.

Puedo decir que te conozco mejor que nadie, 
siendo todo lo prepotente que puedo.
 
Fui la primera persona a la que contaste lo que pensabas de las estrellas del rock, de las campanas y de los abusos de autoridad contra la población.
Sé que, cada vez que sales de casa, prefieres tener los planes pensados para no andar perdiendo el tiempo; que prefieres socializar con gente de confianza al lado que sabes que, en cualquier momento, van a protegerte si necesitas ayuda; que no tienes paciencia para esperar a que las cosas se terminen de hacer cuando cocinas ni para saborear los terrones de azúcar, y que por eso los masticas.

Aún hoy, sigues rodeada de tus cenizas de vainilla, 
pequeña Nube,
 y que demasiados días te levantas y no puedes avanzar lo suficiente 
como para poder seguir viva. 

Y aquí estoy, 
mirándote mientras duermes -y mientras no descansas-, 
como un muñeco aterrador en las sombras,
con la espada y el escudo, en guardia, 
por si tuviera que proteger a todos tus dragones. 
Por si tuviera que hacer volar 
por el espacio 
naves más allá de Orión.
Haciéndome el héroe que no necesitas. 

También me contaste todas las conspiraciones racionales sobre 
ovnis, sobre la vida en las fosas abisales o sobre quienes gobiernan el mundo. 
Y tus anhelos utópicos, que podrían hacerse realidad en algún futuro paralelo 
si los humanos no fueran eso, humanos.
Siguen sin gustarte las ideas 
sobre mitologías inventadas que tienen las personas en sus cabezas, 
pero matarías por un unicornio rosa abrazable y un ruiseñor azul de la felicidad.

  Que tus técnicas de autolesión no tienen nada que ver con filos,
si no que -más bien- con caídas libres
que te destruyes en tus peores momentos sin ser consciente.

Pero sobre todas las cosas, sigues con una sonrisa en la cara después de cada caída desde el piso veintitrés, porque puedes. 

Porque nada puede dinamitarte, ni siquiera tú misma. 

Porque eres la reina del mundo y te lo estás comiendo a tu manera. 
Por eso, cada vez que conoces a alguien, 
terminas siendo un trozo de su persona, 
terminas infectándole de lo mejor que le podría pasar, 
hasta cuando no merecen la pena,
porque no crees que, 
hasta la persona más aborrecible y malvada,
no merezca un puñado de oportunidades 
para demostrar que siempre se tiene un lado bueno y bonito.

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