He vuelto a fumarte después de un idilio onírico, en la cornisa de mi ventana.
Y mientras te consumes, me consumo en tu humo; en tu inapetencia de mí, en el mundo real. Que a pesar de saber que todo era creatividad, me creé una metaficción de la que no querría despertar nunca, en la que el narrador y autor se enamora de su personaje. Porque sólo quiero algo contigo y no me sale con nadie más.
Y veo caer las gotas de los canalones rebosantes del tejado. Y veo como caen mis expectativas en cuanto a mí misma, por ti; por seguir queriendo arrastrarme para que me pises, para que me maltrates con tu indiferencia, para formar un pequeño refugio entre tus brazos cuando te vea.
Rompiste mi sextante, perdiste mi brújula y ya no me encuentro en ningún mapa. Al final fue cierto eso de que creas adicción, de esas que te devoran por dentro y que echan sal a la tierra, impidiendo que brote nada.
Me llegaste a gustar tanto como mi sillón de ramas enroscadas. Querías mostrarme el mundo, sobre todo el que más te gustaba; impulsabas mis alas y me reparabas de las caídas; me obligabas a ser consciente de mi libertad. Y joder, era todo maravilloso y lleno de incienso de vainilla.
* * *
No leas la letra pequeña. O hazlo, pero avísame cuando lo hagas.
[Eras Jack, el cazagigantes.]
No puedo seguir yendo detrás de ti siempre, como un perro apaleado en busca de atención, porque no sería justo para ti, porque no te mereces pasar el maltrago de aguantarme.
Y mientras recuerdo,
se me calan los huesos del frío invernal que empieza a soplar en la calle.
Y es por eso, que si te vuelvo a ver, intento no abrazarte,
porque sé que si lo hago, volveré a caer rendida
y no tendré fuerza para volver a despegarme de ti.
No hay comentarios:
Publicar un comentario