Hay pocas estrellas
y el cielo está
demasiado tapado
como para ver algún ovni.
Me he despertado a las tantas de la madrugada y estoy fumando en la ventana de una habitación desconocida. Hay gente desnuda -o a medio desnudar- por todas partes, al igual que los restos de drogas y vasos usados.
No conozco a nadie,
ni siquiera recuerdo los últimos meses,
pero tengo la sensación de que los he pasado con los cadáveres durmientes por aquí enterrados.
Y mientras llego a fumarme hasta las letras,
mientras te escucho repiquetear dentro de mi cráneo,
sólo me planteo por qué hago esto.
Por qué sólo llego a evadirme cuando llego al punto de ser un muerto viviente siguiendo la corriente del río que lo arrastra.
Cuándo he llegado al fondo de la caverna o cuándo me perdí circunscribiendo un cuadrado infinito.
Apago la colilla en un vaso de agua y me voy. Tengo que sortear piernas, cascotes de vasos y botellas rotos, babas fluyendo de las bocas de comatosos tirados, brazos, ropa, bisutería... Hasta que encuentro la salida.
Tú, sin embargo, me chillas al tímpano desde el martillo, haciendo ecos por fuera del ser que muevo. No conozco el lugar por el que soy la única transeúnte nocturna, pero no importa, todos los caminos llegan al hipocentro de este terreno roto.
Trato de recordar algo que no tenga que ver contigo viviendo en mi cabeza, pero qué hacía yo antes de todo este drama griego.
No necesito
seguir alimentando
este malestar
engendrado
y sentido
por algo
efímero.
* * *
Noche de caza nocturna.
Algún beodo imbécil se me acercará en la barra con la intención de echar un polvo rápido y vomitivo.
Le rechazaré la conversación, incluso las copas a las que querrá invitarme.
Me preguntará algo tan típico como que por qué no bebo algo con él o la de qué hace una chica como yo en un bar tan sola.
Yo seré borde, el insistirá, me contará su vida, me dirá que le dé un abrazo y, como hasta que no se lo dé no parará de presionarme, se lo daré.
Se lanzará a besarme, seguro de que el abrazo era la señal oficial para hacerlo, le esquivaré y su mirada seguida de "pero vamos mujer, no seas tan arisca". Y entonces será mi turno de llevar el baile.
Le miraré directamente a los ojos, veré su mayor debilidad, lo que le reconcome por dentro y le mata.
Lo sacaré a colación, con una sonrisa, por supuesto. Se pondrá nervioso, querrá huir, pero no le dejaré hacerlo. Y se quedará mirándome a los ojos, pidiéndome clemencia, aguantando las lágrimas, esperando algún amigo que pase y le salve de esta tortura psicológica. Y sólo cuando deje de poder contener la primera lágrima, tachándola de un "caso raro de llorera por sequedad", dejaré que abandone mi presencia.
Desapareceré de su vista y esperaré a que un nuevo sujeto ocupe mi lado de la barra y vuelta a empezar.
Pero
hoy es diferente,
sólo tengo ganas de despachar rápidamente a los que
se me acerquen
con los tópicos de mierda y las frases obsoletas.
Que me
dejen disfrutar del alcohol.
Que me dejen pensar en mis tonterías, en
mi mundo.
Que me dejen evadirme de una maldita vez.
Me es cansada
y aburrida
la rutina.
* * *
El camarero es mi pastor nada me falta.
En un taburete me hace descansar,
a las aguas etílicas me conduce,
a las aguas etílicas me conduce,
me da nuevas ganas
y me lleva por caminos tambaleantes,
haciendo honor a su nombre.
y me lleva por caminos tambaleantes,
haciendo honor a su nombre.
[...]
Y en tu bar, oh, camarero, por siempre viviré.
* * *
Otro día más de calentamiento global de pantalones y ropas internas.
De ocupar un reposaculos en la barra de un bar y seguir pensando en lo bonito que sería asentar la cabeza en el hombro de una persona que te de la exclusividad que le dan los niños a su juguete favorito. No te malinterpretes, no es que seas un juguete con el que jugar, es que quieres unos juegos especiales.
Quieres unas risas previas
y un cariño postcoital,
que dure
hasta que tengas
las tetas cansadas
de la misma boca.
Quieres un juego,
en el que tu sensibilidad
se vea reforzada
positivamente
por la diarrea
de un estreñido emocional.
Y merezca la pena hacer locuras; como presentarte en mitad de su trabajo sólo con una gabardina, para decirle "te quiero" y enseñarle lo que le espera poco más tarde. Como terminar llenos de heridas y moretones por todo tramo de superficie cutánea. En el que Siberia termine derretida, moviendo sin parar las patas traseras del gusto, y que tu diafragma siga la frecuencia cardíaca de un diapasón.
Sólo quieres una corriente que no sea pasajera, que no sea una brisa marina; que sea un torrente de agua, que se evapore y te forme en nubes y que al descargarte, forméis arcoíris.
Sólo quieres un túnel que no sea un pasaje, que no sea un paso a través; que sea un laberinto de los que la gente muere intentando encontrar la salida, que te pierdas pero no quieras salir de él por las maravillas que alberga y te guíe hasta su centro y que si encuentras la salida, te de motivos para volver a perderte.
Sólo quieres un individuo que no sea pasajero, que no sea un equipaje más; que sea el revisor de tu tren, que conozca a los viajeros que tienes dentro y te cuide de que ninguno te ensucie el interior y que si lo hacen, ayude a limpiarte y que vuelvas a brillar, portando lo mejor que te pase.
* * *
Y lo que creíste haber encontrado sólo es un pequeño grillo metido en tu memoria, esbozándote miradas de ensoñación, llevándote a tu lado más oscuro e ignoto.
Sin previo aviso, en esta huida rápida del piso ignorado y anónimo, mientras vuelves a tu tumba de cenizas de incienso de vainilla, te das de bruces con él.
Y vais a tomar unas cervezas de artes sanas.
Te reconoce que fuiste un chupito de hierbas de después del café, ese chupito que pocas personas piden y que si lo hacen no se lo toman del todo.
La impotencia te hace reír y acabar con las reservas.
Te busca, y quieres que te encuentre, pero por extraño que (nos) parezca te quieres más a ti misma y prefieres crujirte los huesos y dejarle sin el mapa, para que se pierda. Para que te pierda.
Y sigues tu camino hacia la necedad del ser, hacia tu sillón retorcido e inexplicablemente cómodo. Con el ronroneo de esa necesidad de conocer a alguien que te consuma las ganas de fumar en la cornisa. Que te haga querer levantarte y te haga pensar que algo merece la pena, que alguien merece bondad; puede que también quieras un refugio en el que recluirte cuando el mundo real te aterra y del que salir consolada y con ganas de comerte el universo a pequeños lametazos, saboreándolo.
Donde puedas recrearte y ser fuerte sin necesidad de serlo, sólo por gusto propio.
Aunque ese sonido taladrante tenga su figura y fondo, sabes que no es el momento, ni el lugar, ni el sujeto, ni el predicado; pero es mejor que tener una forma sin rostro y una ansiedad constante de pensar que nunca existirá o que lo conociste en otro momento más remoto.
Aunque ese sonido taladrante tenga su figura y fondo, sabes que no es el momento, ni el lugar, ni el sujeto, ni el predicado; pero es mejor que tener una forma sin rostro y una ansiedad constante de pensar que nunca existirá o que lo conociste en otro momento más remoto.
Hasta más ver.
Escribes de una forma que hace que se me encoja el corazón.
ResponderEliminarEs... genial.
C.