De nuevo te encuentro aquí, enfrente de mí, mirándome con lágrimas en los ojos.
Sólo veo dependencia a no saber depender, a no quererlo, dependencia que hace tres años no había hasta que encontraste a alguien que te demostró algo, ese algo que ahora buscas desesperadamente entre un cúmulo de gente desconocida, gente a la que temes, gente que te desagrada.
Una lágrima recorre tu rostro, luego otra y otra y otra más... Pobre de ti, buscas desesperadamente algo que no volverás a encontrar, algo que tuviste y no supiste demostrar nunca, algo que te hacía bombear ilusión... Algo que te reconfortaba y te hacía sentir viva... Algo que no crees volver a tener dentro de ese témpano.
Pero, ahora, ¿qué tienes? Nada, ¿qué perdiste? Todo lo que podías haber ganado en algún momento.
Tus miedos, temores, dolores, sentidos... Atrofiados.
Tu dependencia de encontrar a alguien que te calme el escozor de tus cicatrices que tú sola no sabes paliar, tu necesidad de necesitar a alguien... Pero no puedes, no sabes y te da miedo.
Tú y tus miedos, miedo a que te defrauden, miedo a confiar en alguien, miedo a enamorarte... Llevas tus miedos como Sísifo el peñasco, montaña arriba hasta la cima, para que al final, cuando casi la alcanzas, el peñasco cae ladera abajo y vuelta a empezar de nuevo, entrando así en uno de tus bucles.
Vicios y bucles.
Y aquí estoy, mirándote, mirándome, mirándonos. Observando como alguien que te merece la alegría, nos la merece, se cansará y terminará yéndose por tus tonterías, nuestras tonterías, y obviamente no tendrá culpa ninguna por más que intentes desprenderte de tus errores, nuestros errores, achacándolos al resto.
No sabes más que autocompadecerte y pensar y empeorar tu situación, tu enfermedad, tu depresión, como si fuese lo más maravilloso y gratificante del mundo, en vez de permitir que alguien te ayude a salir de tu abismo.
Eres estúpidamente decadente.
Estúpidamente perfeccionista y exigente.
Eres tú siendo tú.
lunes, 23 de septiembre de 2013
lunes, 9 de septiembre de 2013
Última mente.
Habláis sin saber de nada y creyendo saberlo todo.
Habláis sobre música, sobre películas, sobre libros, sobre autores, sobre personas, sobre sexo, sobre amor, sobre política, medicina, informática, cocina, el tiempo, la vida, la muerte, el clima, los problemas e incluso habláis sobre el caos, sin tener idea de todo, y ahí es donde quería llegar. El caos.
Habláis sobre el caos, por debajo del caos, por al lado del caos, y se os llena la boca con palabras sobre desórdenes, sobre delimitaciones, sobre cálculos de integrales, sobre la teoría del efecto mariposa y sus consecuencias, sobre el vacío, sobre las transformaciones entre dos sistemas de referencia, sobre predecir planteamientos hipotéticos...
Habláis sin haber escuchado, sin haber visto, leído, investigado, conocido, follado, sentido, estudiado, practicado, cocinado, perdido la noción de las cosas, vivido, muerto, soportado, restaurado, ni buscado solución a nada... Y es que en todo y en nada está el caos.
Y lo siento, pero no puedo escuchar a alguien que no ha vivido las cosas, que habla de ellas sin haber sido testigo, sin un vestigio en el que poder apoyar esos argumentos impropios.
¿Cómo podéis hablar de algo que os queda tan grande cuando nunca os habéis planteado nada serio en la vida más que lo que una sociedad ha expuesto a vista de todo el mundo con facilidad de entendimiento hasta para un niño pequeño?
¿Cómo podéis hablar de eso que no habéis sufrido y sobre nada dar consejo de ello a todo el mundo?
¿Cómo podéis juzgar sin conocer ni siquiera el origen de las cosas?
Es como quien dice amar sintiendo únicamente el crecimiento de su libido por debajo de los pantalones, como quien dice sufrir cuando sus únicos problemas son el no tener dinero para caprichos tontos y caros, como quien defiende la libertad atado con grilletes y cadenas por propia voluntad y tiene miedo de la propia libertad.
Habláis del caos sin haber sido sus complices, compañeros, pacientes y esclavos al mismo tiempo.
Habláis del caos sólo conociendo el nombre de ese sustantivo masculino, del desorden y la ordenación del universo, pero no entendeis su necesidad, sus beneficios, su infinitud.
Habláis sobre música, sobre películas, sobre libros, sobre autores, sobre personas, sobre sexo, sobre amor, sobre política, medicina, informática, cocina, el tiempo, la vida, la muerte, el clima, los problemas e incluso habláis sobre el caos, sin tener idea de todo, y ahí es donde quería llegar. El caos.
Habláis sobre el caos, por debajo del caos, por al lado del caos, y se os llena la boca con palabras sobre desórdenes, sobre delimitaciones, sobre cálculos de integrales, sobre la teoría del efecto mariposa y sus consecuencias, sobre el vacío, sobre las transformaciones entre dos sistemas de referencia, sobre predecir planteamientos hipotéticos...
Habláis sin haber escuchado, sin haber visto, leído, investigado, conocido, follado, sentido, estudiado, practicado, cocinado, perdido la noción de las cosas, vivido, muerto, soportado, restaurado, ni buscado solución a nada... Y es que en todo y en nada está el caos.
Y lo siento, pero no puedo escuchar a alguien que no ha vivido las cosas, que habla de ellas sin haber sido testigo, sin un vestigio en el que poder apoyar esos argumentos impropios.
¿Cómo podéis hablar de algo que os queda tan grande cuando nunca os habéis planteado nada serio en la vida más que lo que una sociedad ha expuesto a vista de todo el mundo con facilidad de entendimiento hasta para un niño pequeño?
¿Cómo podéis hablar de eso que no habéis sufrido y sobre nada dar consejo de ello a todo el mundo?
¿Cómo podéis juzgar sin conocer ni siquiera el origen de las cosas?
Es como quien dice amar sintiendo únicamente el crecimiento de su libido por debajo de los pantalones, como quien dice sufrir cuando sus únicos problemas son el no tener dinero para caprichos tontos y caros, como quien defiende la libertad atado con grilletes y cadenas por propia voluntad y tiene miedo de la propia libertad.
Habláis del caos sin haber sido sus complices, compañeros, pacientes y esclavos al mismo tiempo.
Habláis del caos sólo conociendo el nombre de ese sustantivo masculino, del desorden y la ordenación del universo, pero no entendeis su necesidad, sus beneficios, su infinitud.
lunes, 12 de agosto de 2013
Ámbar y no.
Sentimientos.
Emociones que se me clavan en el alma. Hiriéndote.
Duele, duele mucho, hace demasiado daño. Falta de costumbre.
Falta de calor y de repente todo de golpe.
Miedo. Miedo absoluto, paralizante.
Sin adelantar acontecimientos, sólo dejando que las lágrimas broten, resbalen, caigan, desaparezcan.
Tanta intensidad en tan poco tiempo o tan poco tiempo para tanta intensidad.
No pienses, aprovecha el momento, déjate llevar, deja que merezca la pena.
Emociones que se me clavan en el alma. Hiriéndote.
Duele, duele mucho, hace demasiado daño. Falta de costumbre.
Falta de calor y de repente todo de golpe.
Miedo. Miedo absoluto, paralizante.
Sin adelantar acontecimientos, sólo dejando que las lágrimas broten, resbalen, caigan, desaparezcan.
Tanta intensidad en tan poco tiempo o tan poco tiempo para tanta intensidad.
No pienses, aprovecha el momento, déjate llevar, deja que merezca la pena.
miércoles, 7 de agosto de 2013
Inercia.
Despiertas.
Sus pechos en tu cara.
Su desnudez debajo de ti.
Sus manos apaciblemente en tu espalda.
Son las cinco de la mañana, está tan bonita como la noche anterior.
El despertador emite un pitido antes de que tú lo apagues, antes de que ella pueda despertarse.
Tu despertador biológico lleva en pie desde hace horas
Tu lengua en sus pezones, salteándose con tus manos.
Se retuerce y sonríe en sueños.
Con una eterna caída, una de tus manos le recorre hasta su monte de Venus, erizándole la piel.
Jugueteas con su clítoris, ella se retuerce y gimotea de manera adorablemente excitante.
Se gira, dándote la espalda, deviando tu atención a otras zonas de su anatomía.
Tus manos, sentidas expulsadas, se lo toman como revancha. Recorren su espalda hasta volver a su monte por la ladera contraria.
Mientras jugueteas con su cuerpo, le llenas la espalda de besos y mordiscos que le hacen despertar.
Te mira con deseo y te enseña los dientes, te está retando y lo aceptas con una embestida.
Tus manos agarran sus nalgas mientras te clavas en ella, y gime y jadea y se agarra al colchón con manos y dientes.
Jadeas, le azotas, quieres más y más profundo. Te pegas a ella, le agarras las tetas... Quieres más.
Se desquita de ti para poder comerte, te mira a los ojos, sus manos parecen más de dos, le agarras de la melena y le sigues el ritmo hasta que le apartas, le tumbas y bajas a sus cumbres, a explorar, a explotar las minas, a utilizar el tacto en busca de nuevas metas, en busca de sus cascadas.
Una vez saciada tu sed, vuelves a la altura de su boca, a probar sus labios superiores, a beber de su alma boca a boca.
Te introduces, una y otra y otra vez.
Calor, sudor, vecinos quejándose de los ruidos, de la música ambiental que habéis creado. Después de un rato, un buen rato, el último grito de gloria de sus labios, de tu garganta sólo jadeos, sólo placer, sólo aumentos del ritmo, sólo terminas exhausto encima de ella, sonriente, preciosa, aún aturdida.
Los desayunos nunca te han llenado y ya estás esperando al almuerzo de las doce, que seguramente se adelante, lo adelantes, como has hecho con la primera comida del día, todavía te quedan tres horas para ello, sabes que lo adelantarás en unos... ¿Cinco minutos?
Más le vale aprovechar ahora para respirar.
Sus pechos en tu cara.
Su desnudez debajo de ti.
Sus manos apaciblemente en tu espalda.
Son las cinco de la mañana, está tan bonita como la noche anterior.
El despertador emite un pitido antes de que tú lo apagues, antes de que ella pueda despertarse.
Tu despertador biológico lleva en pie desde hace horas
Tu lengua en sus pezones, salteándose con tus manos.
Se retuerce y sonríe en sueños.
Con una eterna caída, una de tus manos le recorre hasta su monte de Venus, erizándole la piel.
Jugueteas con su clítoris, ella se retuerce y gimotea de manera adorablemente excitante.
Se gira, dándote la espalda, deviando tu atención a otras zonas de su anatomía.
Tus manos, sentidas expulsadas, se lo toman como revancha. Recorren su espalda hasta volver a su monte por la ladera contraria.
Mientras jugueteas con su cuerpo, le llenas la espalda de besos y mordiscos que le hacen despertar.
Te mira con deseo y te enseña los dientes, te está retando y lo aceptas con una embestida.
Tus manos agarran sus nalgas mientras te clavas en ella, y gime y jadea y se agarra al colchón con manos y dientes.
Jadeas, le azotas, quieres más y más profundo. Te pegas a ella, le agarras las tetas... Quieres más.
Se desquita de ti para poder comerte, te mira a los ojos, sus manos parecen más de dos, le agarras de la melena y le sigues el ritmo hasta que le apartas, le tumbas y bajas a sus cumbres, a explorar, a explotar las minas, a utilizar el tacto en busca de nuevas metas, en busca de sus cascadas.
Una vez saciada tu sed, vuelves a la altura de su boca, a probar sus labios superiores, a beber de su alma boca a boca.
Te introduces, una y otra y otra vez.
Calor, sudor, vecinos quejándose de los ruidos, de la música ambiental que habéis creado. Después de un rato, un buen rato, el último grito de gloria de sus labios, de tu garganta sólo jadeos, sólo placer, sólo aumentos del ritmo, sólo terminas exhausto encima de ella, sonriente, preciosa, aún aturdida.
Los desayunos nunca te han llenado y ya estás esperando al almuerzo de las doce, que seguramente se adelante, lo adelantes, como has hecho con la primera comida del día, todavía te quedan tres horas para ello, sabes que lo adelantarás en unos... ¿Cinco minutos?
Más le vale aprovechar ahora para respirar.
miércoles, 31 de julio de 2013
A divinis.
Con barrotes y grilletes, candados y cadenas, condena a muerte, demasiada pena. Con las alas cortadas, con la mente muerta, queriendo volar; dándole cabezazos a la puerta, resonando entre las paredes ecos de silencio y sangre, aullidos lastimeros que no oirá nunca nadie. Espadas de desesperación, pesar y humillación, no sabes quién fuiste, ni quién eres, ni serás, sólo sabes de qué habla la evasión, sólo piensas qué habrá en el más allá.
Soledad del alma, frialdad y fuego, tormentas de arena que solapan y en la calma, dejan erosionado el terreno; haciéndote sentir abandonado, desierto, haciendo de tu agonía un comentario eterno.
Y se acaba el tiempo, las luces se funden, es el momento, huye.
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