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martes, 26 de marzo de 2013

Ecosistema. Verde ecosistema.

El tic tac de un reloj perdido, susurros, silencio, gotas golpeando las ventanas, truenos...
Lluvia, tormenta, oscuridad rota por algún que otro rayo...
Soledad acompañada, pereza rota por las ganas de fundirse, pensamientos suprimidos, una manta cubriendo las pasiones...
Él sin creer en el amor ni en la felicidad, sólo en lo que él mismo entendía por sentimientos y en lo que creía de amistad, para él todo era demasiado frívolo, demasiado efímero, demasiado ligero, todo menos ella, aún así no era la única en su vida, ella lo sabía, le conocía demasiado bien; ella con su concepto de amor deformado, sin creer en la amistad ni en ningún tipo de relación social humana, sólo creyendo en lo tangible, en ese momento sólo él era físico, nada más allá de esa barrera, consiguiendo lo que quiere, a quien quiere, tiene las cosas claras y sabe perfectamente que es un puerto al que él puede llegar las veces que quiera, que siempre estará para él, que siempre permanecerá inamovible.
Los lazos de amistad sólida que unían sus almas hasta hace unos minutos, ahora mismo estaban uniendo los dos cuerpos, las dos carcasas que los envolvían se estaban fundiendo, derritiéndose, creando una paz absoluta a su alrededor, como un jardín, un clima que perfectamente podría tener el color de la tranquilidad, obviamente perturbada por suspiros, risas y gemidos.
El uno deseaba los labios de la otra, la otra deseaba coger las riendas, uno acariciando las mejillas de su contraria con los labios, la otra girando la cabeza haciendo que los labios se encontrasen, besos tímidos que dieron paso a lujuria, carne y piel, saliva, lenguas enfrentadas, caricias y escalofríos. Vicio.
La ropa ha desaparecido entre las espinas de ese cielo, enfermos de pasión, tristes despojos desprovistos de su parte sensible y llevados por sus esencias, buscando sitios dónde morar en el otro, aunque sólo sea por ese momento, por esa eternidad, descansando sus alientos entre las embestidas, entre el traquetreo de los muebles del seísmo que estaban provocando, ya estaban perdidos debajo de sus tormentos dándose todo el placer y a la vez todo el dolor, como si fuera una vacuna y el mismo fuera el virus descuartizado para crear defensas, aprisionados en su oscuridad verdosa, cegados por la luz del éxtasis, del clímax, las llamas que parecían creadas por sulfato de cobre...
Definitivamente se estaban sacrificando por el otro, arrancándose el corazón y despreciándolo.

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