Una pequeña casita de madera, rodeada por un bosque de coníferas que protege un lago cristalino formado por una cascada, desde la casita se pueden ver las olas del mar romperse al contacto con la orilla.
Es de madrugada, una fina niebla arropa la casa, el sol empieza a saludar, pero ella ya estaba despierta desde hacía horas, ahí sentada, en su sofá retorcido, entre las cenizas del incienso de vainilla...
De pronto un íncubo aparece de las lenguas de la chimenea encendida.
De pronto todo se ilumina.
De pronto se encuentran hablando vanalidades, risas educadas y miradas perversas.
El entorno es agradable, la pequeña neblina ha desaparecido, pero el sol ya no brilla, está todo el cielo cubierto de nubes de tormenta.
Últimamente hay demasiadas tormentas.
Dentro de la casa se está provocando un seísmo, ella ha caído bajo los encantos de demonio de fuego, lo que él no sabe es que ella también estuvo en su día en el infierno, que fue desterrada de allí hacía años, pero en su interior seguía guardado lo que fue.
Los acercamientos son inevitables, el contacto estaba escrito.
El primero, el segundo y el tercero...
Aún no han desfallecido, pero algo ocurre, las cenizas se han esfumado, han desaparecido, el suelo se descubre con una mullida capa de musgo como alfombra.
El teatro de ella ha hecho desaparecer su propia coraza, su propio crucifijo y cuando quiso mirarlo por última vez, sólo se vió a si misma, complementándose.
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