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sábado, 5 de septiembre de 2015

Ahí queda todo: en nada.

Y te despiertas en un hospital, siendo atendida por seres sin rostro. Sin música. Y sólo sabes que los lavados de estómago duelen, que te dicen que no vuelvas a hacerlo y que no toques el alcohol, ni para desinfectarte las heridas. Que te quieren internar. Que fuera te está costando demasiado sobreponerte. Que después de todo, sigues sin adaptarte a nada.

Un día te levantas y ves que las ventanas vuelven a estar tapiadas y que el incienso está encendido. A saber cuánto lleva así o si alguna vez no lo estuvo. 
La moqueta vuelve a estar oculta debajo de toneladas de cenizas y no sabes qué ha pasado ni por qué la música ha dejado de sonar. 


Innecesaria. Inútil. Inestable.

"Al fin de cuentas no era más que una ilusión auditiva", piensas. 
Te sientas delante del piano de pared y recuerdas a Emily, pero tú no estás muerta y ni siquiera sabes tocar los platillos.

"Sensible"
"Dramática"
"Susceptible"
"Ingenua"

Sustituida en poco más de un mes como quien tira un cuadro porque no pega con el resto del salón. Y queda más bonita la pared en blanco. 
Sales dando un portazo y ni siquiera llevas llaves; necesitas tu cornisa del piso veintitrés. Y fumarte todo lo que tenías escondido de miradas indiscretas. Las cajetillas al día habían sido cosa del pasado, pero ya no tiene sentido. 
Miras la ciudad a la hora de la siesta y parece tranquila, parece que no hubiera desastres mundiales dentro de cada casa. Y piensas en cómo has vuelto a esta situación y dónde se habrá quedado tu cuerda de seguridad.
Pareces una chimenea en invierno. Y a todos has dejado de importar, mejor dicho: en todos has dejado de encontrarte. Hasta de ti misma. Y lo que en su día fue algo, hoy se queda como Missa pro defunctis.

¿Y dónde se han quemado las promesas?

Y miras su regalo de cumpleaños y no sabes si esperar a la fecha, enviarlo ya o quemarlo contigo. 

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