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lunes, 7 de noviembre de 2016

De nuevo y de vuelta.


He vuelto a fumarte después de un idilio onírico, en la cornisa de mi ventana.
Y mientras te consumes, me consumo en tu humo; en tu inapetencia de mí, en el mundo real. Que a pesar de saber que todo era creatividad, me creé una metaficción de la que no querría despertar nunca, en la que el narrador y autor se enamora de su personaje. Porque sólo quiero algo contigo y no me sale con nadie más.
Y veo caer las gotas de los canalones rebosantes del tejado. Y veo como caen mis expectativas en cuanto a mí misma, por ti; por seguir queriendo arrastrarme para que me pises, para que me maltrates con tu indiferencia, para formar un pequeño refugio entre tus brazos cuando te vea. 
Rompiste mi sextante, perdiste mi brújula y ya no me encuentro en ningún mapa. Al final fue cierto eso de que creas adicción, de esas que te devoran por dentro y que echan sal a la tierra, impidiendo que brote nada. 

 Me llegaste a gustar tanto como mi sillón de ramas enroscadas. Querías mostrarme el mundo, sobre todo el que más te gustaba; impulsabas mis alas y me reparabas de las caídas; me obligabas a ser consciente de mi libertad. Y joder, era todo maravilloso y lleno de incienso de vainilla.


*        *        *
No leas la letra pequeña. O hazlo, pero avísame cuando lo hagas.

Me he quedado recordando el agarrarte y apoyarme en ti en el cine, en cómo me esperaste la noche que me agregaste improvisadamente a la fiesta, el apoyo que me procesabas y el que me guardases rencor por irme sin más una tarde, el que no me creyeses porque le proceso cariño a mucha gente.

[Eras Jack, el cazagigantes.]

No puedo seguir yendo detrás de ti siempre, como un perro apaleado en busca de atención, porque no sería justo para ti, porque no te mereces pasar el maltrago de aguantarme.

Y mientras recuerdo, 
se me calan los huesos del frío invernal que empieza a soplar en la calle. 
Y es por eso, que si te vuelvo a ver, intento no abrazarte, 
porque sé que si lo hago, volveré a caer rendida 
y no tendré fuerza para volver a despegarme de ti.

miércoles, 26 de octubre de 2016

Desorden inconexo.

Puedo decir que te conozco mejor que nadie, 
siendo todo lo prepotente que puedo.
 
Fui la primera persona a la que contaste lo que pensabas de las estrellas del rock, de las campanas y de los abusos de autoridad contra la población.
Sé que, cada vez que sales de casa, prefieres tener los planes pensados para no andar perdiendo el tiempo; que prefieres socializar con gente de confianza al lado que sabes que, en cualquier momento, van a protegerte si necesitas ayuda; que no tienes paciencia para esperar a que las cosas se terminen de hacer cuando cocinas ni para saborear los terrones de azúcar, y que por eso los masticas.

Aún hoy, sigues rodeada de tus cenizas de vainilla, 
pequeña Nube,
 y que demasiados días te levantas y no puedes avanzar lo suficiente 
como para poder seguir viva. 

Y aquí estoy, 
mirándote mientras duermes -y mientras no descansas-, 
como un muñeco aterrador en las sombras,
con la espada y el escudo, en guardia, 
por si tuviera que proteger a todos tus dragones. 
Por si tuviera que hacer volar 
por el espacio 
naves más allá de Orión.
Haciéndome el héroe que no necesitas. 

También me contaste todas las conspiraciones racionales sobre 
ovnis, sobre la vida en las fosas abisales o sobre quienes gobiernan el mundo. 
Y tus anhelos utópicos, que podrían hacerse realidad en algún futuro paralelo 
si los humanos no fueran eso, humanos.
Siguen sin gustarte las ideas 
sobre mitologías inventadas que tienen las personas en sus cabezas, 
pero matarías por un unicornio rosa abrazable y un ruiseñor azul de la felicidad.

  Que tus técnicas de autolesión no tienen nada que ver con filos,
si no que -más bien- con caídas libres
que te destruyes en tus peores momentos sin ser consciente.

Pero sobre todas las cosas, sigues con una sonrisa en la cara después de cada caída desde el piso veintitrés, porque puedes. 

Porque nada puede dinamitarte, ni siquiera tú misma. 

Porque eres la reina del mundo y te lo estás comiendo a tu manera. 
Por eso, cada vez que conoces a alguien, 
terminas siendo un trozo de su persona, 
terminas infectándole de lo mejor que le podría pasar, 
hasta cuando no merecen la pena,
porque no crees que, 
hasta la persona más aborrecible y malvada,
no merezca un puñado de oportunidades 
para demostrar que siempre se tiene un lado bueno y bonito.

Perséfone.

Hoy hace un año de una gran cagada y veinticinco días de un gran dolor en el corazón. Como si me lo atravesaran con un florete.
Salta, pequeña Perséfone, dentro de poco nos veremos.

martes, 13 de septiembre de 2016

Eras, eres y serás.


Pasión descontrolada entre melenas salvajes de colores oscuros, cobrizos y tendencia ondulante, que formaban un bosque perdido.
Arañazos que desgarran la piel de seda moteada y, además, marcan el camino hacia una locura inconmensurable.
Labios mordidos y sangrantes, lienzos y pinceles a la vez, que descubrían nuevos ecosistemas donde pararse a vivir por un tiempo.
Ira proyectada en la asfixia cuando el momento del éxtasis embriagaba sus almas.
Ante todo.

Turbulencias de una continuada actividad motora en busca de una mejor fricción.
Incontinencia verbal de gemidos gritados a una habitación insonorizada, llena de instrumentos musicales.
Vociferantes espectros dejándose llevar por el canto de sirenas en mares formados por fuerzas de rozamiento.
Ornamentación innecesaria con palabras, para poder definir lo sucedido en unas noches de lujuria y nada más.



-Eras, eres y serás paliativo, amor-.

 *   *   *



Os voy a hablar de lo difícil que es el querer y no poder, en ocasiones.
De plantarse delante de alguien y no ponerte a temblar porque te genera una sensación extraña e incontrolablemente agradable. Como cuando tienes hambre y te invitan a un banquete de cosas que no te sientan mal y no puedes evitar el empacho. De arrastrarse por ver a ese alguien, anteponiéndolo a todo lo demás, por sólo unas milésimas de segundo, aparentando normalidad, como que ha surgido sin querer, como que estabas de pasada. Incluso por intercambiar dos palabras escuetas. De no querer nada de ningún tipo con nadie más.
Sentarse a intentar concentrarse en algo y que pensamientos fugaces te atraviesen la mente y te hagan sonreír como una estúpida; que te hagan sentir la persona más especial del mundo.
Y, sin embargo, saber que la realidad con ese alguien es bastante diferente. Que para esa persona sólo eres un capricho que le hace pasar buenos ratos, que sólo le interesas por puro aburrimiento y sadismo. 
Que te des cuenta de que todo significo nada, sólo meras ensoñaciones e ilusión exacerbada, haciéndote decidir que es mejor alejarte, ponerte unas anteojeras y tirar; y que delante sólo haya cosas suyas y ese alguien -todo el rato y en todas partes- para esquivarlo. 

*   *   *


Y ahora sólo queda ella.
Surcada de rasguños y cicatrices, vive rodeada de árboles caducifolios y sueños podridos. 
-Sueños que otros querían para ella-.
A poca distancia, puede ir a suicidarse a un mar, helado y bravío. 
-Suele ir con demasiada frecuencia-.
Desde hace mucho que vive aislada; recordando de dónde viene todos y cada uno de sus días, como una tortura constante. 
Pero, con el coraje de una amazona, sigue moviéndose.
Viviendo.

*   *   *

Cuando le conoció empezó a entender Química. 
Le consideró un núcleo en torno al cual girar, siendo un electrón. Por lo visto, resultó ser un elemento no metálico con un único electrón en su última capa de valencia. Ganó menos energía al dejar que se fuera.
Quizás fue ella el elemento inestable y, 
al dejar que se fuera de su alrededor, 
empezó a equilibrarse.

martes, 16 de agosto de 2016

Nunca vi algo tan a la vista.


Tiraste la toalla antes de haberte subido al "ring" del reloj, incluso antes de saber si iba a ser algo costoso; pero no puedo reprochártelo, yo lo he hecho en tantas ocasiones, que sería demasiado hipócrita. 
Eso sí, no pienses que, como -hasta ahora- he estado sucumbiendo a ti, a tus placeres, a tus encantos, a que me utilizases en tu beneficio... Sin ni siquiera interesarte por mí ni un mínimo, vaya a estarlo más. 
Me he jurado tantas veces -bajo el cielo estrellado- que no iba a volver a arrastrarme... 
Siento que ahora es en serio,  
que ya no volveré a acariciar la suavidad de tus labios; a perderme en tu sonrisa verdadera; de -hablando de verdadero amor- enamorarme (cada vez más) en las tinieblas -que tratas de esconder- detrás de tus ojos. Ni a intentar ayudarte a ser la mejor versión de ti mismo, aunque eso me cueste la vida, aunque me pidas que vuelva a hacerlo; aunque me supliques un beso más cuando nos encontremos y tú no seas tú.
Volveré a rememorar los mejores momentos, como un programa decadente en el que hacen los típicos "top ten", y a torturarme con ellos una y otra vez, pensando que podría haber sido bueno, bonito y barato
Volveré a echarme la culpa de que no fueras suficiente para mí, de que no sepas apreciarme, de no saber demostrar mi potencial para gente que no ve más allá de su ombligo. Volveré a culparme por querer ser egoísta y, también, querer que tú fueras la heroína de mi canción -aunque te tache de ello por la insana adicción que te tengo-. Que me proporcionases el subidón necesario para ver la vida de una forma más apacible, de una forma más humana. 
Para poder sentir la música. O algo dentro de mi alma.
Pero no. No eres un personaje tan significativo en este libro; aunque pudiste ser el protagonista, el papel te quedaba enorme.

*              *               *




Protección oficial de
vidas, menores.
Las flechas de sonrisas lanzadas entre
dos almas,
unidas, por sus meñiques 
con el lazo rojo
de sangre, sudor y lágrimas, 
más allá de lo físico.
Sacándole partido al viento,
a ser parte del cosmos. A las pocas
fuerzas.
Poder entre átomos
reunidos físicamente.
Químicos.
Unión molecular, 
colocando andamios 
y redes de sujeción,
por los derrumbamientos,
previstos.
Caballeros sin espada, 
ni banderas, 
que luchan por sus Dulcineas, 
sentadas en la Luna, 
desde un rocín cadavérico 
y con pocas ganas de querer trotar.
Listas de cosas, poco empaquetadas, sin un vacío. Como el relleno de acción de gracias.
Sólo vidas, inmóviles a los ojos, atómicas al alma. 

Y sin mí, un tú muy apetecible que no pudo ser y, total, puede que no nos volvamos a ver.