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domingo, 1 de junio de 2014

Aún a día de hoy.

Te dije que nunca más ibas a saber de mí, pero joder, es que no puedo. Te dije que sería lo último que te escribo, pero es que desde ti no he podido volver a cumplir ninguna promesa.
No puedo terminar de tirar tus cosas, no soy capaz, joder. ¿Qué coño me hiciste?
Tus dibujos siguen aquí guardados, lejos de miradas ajenas, con tus manías, con tus trazos plasmados.
Tus escritos, tu letra, joder, tan pequeñita e ininteligible diciéndome que me amabas, que "ojalá siempre juntos".
Tus fotos, con esa sonrisa tonta y perfecta. De la que te quejabas, que si dientes descolocados y no me acuerdo qué más tonterías.

Me dicen que te ven feliz. Y joder, hice bien en irme.
Pero ojalá hubiera sido egoísta.
¿Te imaginas que lo hubiéramos forzado un poco más? ¿Que todo se hubiera solucionado?
Que hubiéramos seguido soñando...

miércoles, 28 de mayo de 2014

Llamas de mis cenizas.



La noche, tan oscura y desierta como todas las anteriores. Tan sombría y triste que eriza la piel de los que no estamos con Morfeo en ella. En el silencioso ruido de mi respiración retumba un eco de soledad.

Puede que seas tú llamando a la puerta de esta casa con moqueta. Moqueta creada por las cenizas del incienso de vainilla que envuelve todo el ambiente. En efecto, ahí estás, cubierta de gran cantidad de agua por la tormenta que has sufrido hasta llegar a mi porche.
Te ves tan macilenta y tan tierna que dan ganas de besarte, pero no. No estaría bien.
Te invito a pasar a mi pequeña morada, a sentarte junto la chimenea prendida, en el sillón retorcido, el único asiento del salón, y a un gran tazón de chocolate caliente, con sólo unas gotas de leche. Yo me sirvo un té de menta y me recuesto a tu lado. Nunca entendí lo bien que te acomodaste, desde el primer día, a ese intrínseco asiento.
Empiezas a narrarme que te sientes sola con tu típica manía de rimarlo todo. Que nadie te entiende más que yo. Me ruegas que te abrace, pero no. No estaría bien. Empiezas a gimotear y tiritar, te alcanzo una manta, pero no te calma, necesitas calor humano y sabes muy bien que no puedo dártelo. Que es imposible que lo encuentres en mí.

Te haces un ovillo con la manta encima de mis piernas y cierras los ojos. Empiezas a susurrar el porqué te casaste con el vicio. Intento acariciarte la cara, que tienes aún helada pero no puedo. No estaría bien.

Y, de golpe, abres los ojos. Te encuentras abrazada a la cama por las correas de la habitación. Y gritas. Y de nuevo esos humanos vestidos de blanco. Te dicen que te vuelvas a tomar esas pastillas que te dejan exhausta, dolorida y aturdida. Te las tomas sin rechistar, prefieres estar en mi mundo que consciente. Pobrecita mía, prefieres estar en mi presencia, un ser sólo existente en tu mente antes que en la realidad.
Desde el accidente no conseguiste ser la misma… Te culpas por algo que de ninguna manera fue culpa tuya. El incendio lo devoró todo menos a ti… Por lo menos no del todo.
Has vuelto a venir conmigo, a este mundo fabricado por tu mente y sabes que no puedes seguir aquí, que no es sano, así que te he escrito una carta y la he anclado a nuestro extraño sillón.

“No merece la pena humedecer los ojos por una partida inevitable, que era lógica y se conocía de antemano. Seguiremos siendo como las golondrinas y el balcón de Bécquer, como la primavera y la alergia que conlleva, como el frío invernal y su época, como el alcohol de noventa y seis grados y las heridas abiertas... Mi alma sólo te grita que le saques las ganas de vivir, de tantas líneas curvas ya no reconocía un camino quebrado del correcto, que te has convertido en la luz que me ilumina la mirada... Pero no nos engañemos, te irás, me iré, desapareceremos de la vida del otro.
Las personas son como aviones y aeropuertos: van y vienen; está asumido, costará hacerte a la idea, pero es la idea en sí. Harás tu vida lejos, o cerca, qué más da, es la vida la que te dará la felicidad que necesitas, no yo; haré mi vida lejos, o cerca, qué se yo, pero será el tiempo quien ordene los demonios, no tú. No nos perdamos ahora, aunque duela después, hagamos que merezca la pena y llevémonos un buen recuerdo.
Somos presos del tiempo, somos los amortiguadores de los relojes de arena estropeados. Serán susurros de silencio por las mañanas, serán arañazos desgarradores por las noches. En el tiempo libre que haya, serán recuerdos que viajarán por cada tramo de piel... 

Serás tú en formato lejano. No quedará otra más que doler, doler en el pensamiento ajeno hasta que el propio sufrimiento entumezca los sentidos, hasta no percibir nada de ellos.
Y no te preocupes. Estaré tan bien como siempre lo he estado. Estaré sonriendo por algún motivo tonto o serio, cercano o lejano; sonreiré por mi motivo actual o por otro creado. No perderás el tiempo pensándome. O sí, sí lo harás, pero el reconocerme como debilidad no es tu fuerte, lo sabes; pero qué le voy a hacer más que esperar que no me entregues a los brazos del olvido, ya que tú nunca al olvido serás condenada.
Y al pensar que el futuro de al lado es triste y demoledor, solamente me queda salir corriendo, pero en sentido contrario a la huída, para así poder abrazarte por última vez. Siempre he estado huyendo. Siempre estuve escondiéndome de lo que me daba miedo. Pero ahora... No le veo sentido, tú te irás y yo me quedaré sin ti.
No te sientas triste por llevar tu vida por buen camino. Nunca quise ser tu responsabilidad ni tu lastre y ni mucho menos tus frenos, quiérote en tu libertad, quiérote con tu forma de ser, quiérote como diamante en bruto escondido entre la escoria, pero te querré más cuando dejes de tener miedo a brillar y sé que a mi lado no podrás. Tienes que volar.”
 

Y poco a poco la casa empieza a quemarse, como el último recuerdo que tienes nuestro.
Pero el fuego no quema, se esfuma cual humo, cual lágrima en la lluvia. Me ves y
vienes corriendo a abrazarme. Te soy recíproco y poco a poco voy desvaneciéndome
mientras veo pequeños caballos salados y veloces recorrer tus mejillas.
 

Y entre mares de tus ojos emanantes, despiertas, esos humanos te desatan y te llevan a
la vista del psiquiatra y por primera vez en años le hablas de lo que pasó:


“Me desperté en una habitación en llamas, sin poder respirar, notando como cada tramo de mi piel caía bajo las lenguas candentes. La gente miraba. Yo no podía evitar llorar y gritar de dolor. Nadie hizo nada, ni siquiera yo misma. Cuando salí, con las quemaduras deformando mi estructura, de lejos divisé una silueta oscura, que mis cansados e ineficaces ojos no podían descifrar, sin detalles significativos. No para el resto. No para esa gente que no hace nada. No para aquellos que se aferran a la vida que se les da hecha, pero que llamó la atención de lo que quedaba de mis sentidos. Demasiado… Y me desperté en el hospital. Me dijeron que él había muerto y que yo me recuperaría. Sin él no quería.”

El médico anota cada cinco palabras que pronuncias. Su expresión no varía, se mantiene seria y con el ceño fruncido. Cuando terminas de hablar el único gesto que hace, el que tan bien conoces, es negar con la cabeza. Los celadores te vuelven a llevar a tu mansión. 

Y allí estás, mirándote los pies, sentada en la cama con la cabeza hundida en tus rodillas.

martes, 27 de mayo de 2014

No sabría decirte.

A veces la vida te da un vuelco de ciento ochenta grados y se pone a hacer el pino con falda, dejándote admirar sus bajos oscuros.
A veces no encuentras el camino cuando te inforrman de "tenemos que mudarnos a otro país por trabajo" y no puedes decir nada al contrario. Nada que lo remedie.
A veces lo que consideras un gran montón de mierda no es más que la escoria haciendo crecer un diamante entre sus entrañas.
A veces la que conociste como caperucita termina siendo el lobo feroz y es mejor que la abandones en el bosque antes de que te coma.
A veces, las menos, cuando estás triste encuentras música que en vez de deprimirte te suba como la viagra.
No, querida, tú fuiste aquel plato lleno de patatas fritas que me comí de una sentada y que después no me sentó mal. 
¿Quién iba a saber que te iba a querer devorar todas las horas del día? Porque ni aunque me lo recomendase el médico me lo iba a creer. Porque, vamos a ver, yo era el rey de ese planeta diminuto que decía ser un rey justo y quiso hacerte embajadora, a ti, la flor de baobab más presuntuosa, orgullosa y espinosa que existía en otro mundo.
¿Qué soy ahora? ¿El contador de estrellas? Pues no, ya no soy nada.
Me has convertido en nada. En la nada. En lo que siempre pasa.
Estarás contenta. Yo aquí perdiendo lo que no tengo y bebiendo todos los vientos por el movimiento de tu falda.
El eterno retorno que decía Nietzche. Qué razón tenía.
Y qué falta de todo tengo.
No sé, tu culo podría considerarse mi religión, me arrodillo ante él y lo alabo y lo lamo y lo muerdo y... Tus pechos mis mesías, pequeñas copas de nata y fresa que cumplen eso de "si breve dos veces bueno".
¿Me preguntas por mi pecado? Pues cuando te muerdes los labios y la sangre empieza a regar mi alma concupiscible.
¿Obsceno? ¿Me lo dices tú que eres la dueña de los movimientos de cadera, de enseñarme el camino de la sodomía y que me pone las manos para que la azote o la abofetee en busca de contrastes?

Mierda, no puedo rebatirte nada. Eres dueña y señora de mi llave maestra. Soy tu simple muñeco de goma que usas cuando te apetece o aburres.
Te arrancaría la piel a mordiscos salvajes. De esos que tú usas cuando tienes ganas de marcha, los que dejan marcas interesantes en zonas sensibles. Pero si lo hiciera me castigarías poniéndome en cuarentena de ti. Y creo que ninguno de los dos queremos eso.
Demonios, llevadme, ella es demasiado complicada para mi defectuosa inteligencia. Pero traedla conmigo, que así no me aburro.

Vuélame la tapa de los besos.

Déjame fallarte hasta que me caiga y no haya nadie más que tú para poder levantarme. Que no necesito más oxígeno que el que consumes, para poder vivir.
Demostremos que merece la vida la pena matándonos a llorar de risa.
Seamos un pequeño club social único, de dos personas, de dos almas distintas.
Permíteme olvidar toda mi mochila en cualquier cuneta y poder cargar contigo una más bonita y ligera.
Recuérdame cuando me siente a lo indio cabreado y deje de andar, puede que si lo haces te salte encima y te coma a versos bonitos a la oreja.
Ni se te ocurra entorpecerme en mi manera de complicarme la vida teniéndote cerca.
Conóceme hasta el más diminuto de los detalles, pero dímelo poco a poco empezando bajito.

Que el límite es el cielo, pero que para llegar allí hay que saltar muchos charcos.

domingo, 25 de mayo de 2014

No me dolía la espina clavada hasta el fondo.

Me terminé acostumbrando a ti.
Al movimiento de tus caderas al cambiar de postura en la cama.
A tus pintas desaliñadas los domingos de madrugada.
A olor que dejabas nada más salir de la ducha.
Limón.
Igual de ácida y el mismo escozor...

Tan llorosa y alicaida por dentro que me partía el alma.Y allí me apartaste, con todas las cosas que no querías sentir. Primero con el amor, la sensación de plenitud. Más tarde con el agobio, las manías, la ansiedad, la obsesión. Para terminar tirado y roto a los brazos de la soledad.
Me diste tantísimos dolores de cabeza que me quería tirar por la ventana ciento veinticinco haciendo el mejor picado de la historia.
Cada vez tu frío tacto se fue notando también por dentro. 
Cada vez más escarcha y más bloques macizos de grandes dimensiones.
Y terminaste congelándome a mí. 
Me hice amigo de tus miedos y aquí sigo, congelado con ellos, rezando para que pudieras quererme en algún momento de  lucided