A veces la vida te da un vuelco de ciento ochenta grados y se pone a hacer el pino con falda, dejándote admirar sus bajos oscuros.
A veces no encuentras el camino cuando te inforrman de "tenemos que mudarnos a otro país por trabajo" y no puedes decir nada al contrario. Nada que lo remedie.
A veces lo que consideras un gran montón de mierda no es más que la escoria haciendo crecer un diamante entre sus entrañas.
A veces la que conociste como caperucita termina siendo el lobo feroz y es mejor que la abandones en el bosque antes de que te coma.
A veces, las menos, cuando estás triste encuentras música que en vez de deprimirte te suba como la viagra.
No, querida, tú fuiste aquel plato lleno de patatas fritas que me comí de una sentada y que después no me sentó mal.
¿Quién iba a saber que te iba a querer devorar todas las horas del día? Porque ni aunque me lo recomendase el médico me lo iba a creer. Porque, vamos a ver, yo era el rey de ese planeta diminuto que decía ser un rey justo y quiso hacerte embajadora, a ti, la flor de baobab más presuntuosa, orgullosa y espinosa que existía en otro mundo.
¿Qué soy ahora? ¿El contador de estrellas? Pues no, ya no soy nada.
Me has convertido en nada. En la nada. En lo que siempre pasa.
Estarás contenta. Yo aquí perdiendo lo que no tengo y bebiendo todos los vientos por el movimiento de tu falda.
El eterno retorno que decía Nietzche. Qué razón tenía.
Y qué falta de todo tengo.
No sé, tu culo podría considerarse mi religión, me arrodillo ante él y lo alabo y lo lamo y lo muerdo y... Tus pechos mis mesías, pequeñas copas de nata y fresa que cumplen eso de "si breve dos veces bueno".
¿Me preguntas por mi pecado? Pues cuando te muerdes los labios y la sangre empieza a regar mi alma concupiscible.
¿Obsceno? ¿Me lo dices tú que eres la dueña de los movimientos de cadera, de enseñarme el camino de la sodomía y que me pone las manos para que la azote o la abofetee en busca de contrastes?
Mierda, no puedo rebatirte nada. Eres dueña y señora de mi llave maestra. Soy tu simple muñeco de goma que usas cuando te apetece o aburres.
Te arrancaría la piel a mordiscos salvajes. De esos que tú usas cuando tienes ganas de marcha, los que dejan marcas interesantes en zonas sensibles. Pero si lo hiciera me castigarías poniéndome en cuarentena de ti. Y creo que ninguno de los dos queremos eso.
Demonios, llevadme, ella es demasiado complicada para mi defectuosa inteligencia. Pero traedla conmigo, que así no me aburro.
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