miércoles, 28 de mayo de 2014
Llamas de mis cenizas.
La noche, tan oscura y desierta como todas las anteriores. Tan sombría y triste que eriza la piel de los que no estamos con Morfeo en ella. En el silencioso ruido de mi respiración retumba un eco de soledad.
Puede que seas tú llamando a la puerta de esta casa con moqueta. Moqueta creada por las cenizas del incienso de vainilla que envuelve todo el ambiente. En efecto, ahí estás, cubierta de gran cantidad de agua por la tormenta que has sufrido hasta llegar a mi porche.
Te ves tan macilenta y tan tierna que dan ganas de besarte, pero no. No estaría bien.
Te invito a pasar a mi pequeña morada, a sentarte junto la chimenea prendida, en el sillón retorcido, el único asiento del salón, y a un gran tazón de chocolate caliente, con sólo unas gotas de leche. Yo me sirvo un té de menta y me recuesto a tu lado. Nunca entendí lo bien que te acomodaste, desde el primer día, a ese intrínseco asiento.
Empiezas a narrarme que te sientes sola con tu típica manía de rimarlo todo. Que nadie te entiende más que yo. Me ruegas que te abrace, pero no. No estaría bien. Empiezas a gimotear y tiritar, te alcanzo una manta, pero no te calma, necesitas calor humano y sabes muy bien que no puedo dártelo. Que es imposible que lo encuentres en mí.
Te haces un ovillo con la manta encima de mis piernas y cierras los ojos. Empiezas a susurrar el porqué te casaste con el vicio. Intento acariciarte la cara, que tienes aún helada pero no puedo. No estaría bien.
Y, de golpe, abres los ojos. Te encuentras abrazada a la cama por las correas de la habitación. Y gritas. Y de nuevo esos humanos vestidos de blanco. Te dicen que te vuelvas a tomar esas pastillas que te dejan exhausta, dolorida y aturdida. Te las tomas sin rechistar, prefieres estar en mi mundo que consciente. Pobrecita mía, prefieres estar en mi presencia, un ser sólo existente en tu mente antes que en la realidad.
Desde el accidente no conseguiste ser la misma… Te culpas por algo que de ninguna manera fue culpa tuya. El incendio lo devoró todo menos a ti… Por lo menos no del todo.
Has vuelto a venir conmigo, a este mundo fabricado por tu mente y sabes que no puedes seguir aquí, que no es sano, así que te he escrito una carta y la he anclado a nuestro extraño sillón.
“No merece la pena humedecer los ojos por una partida inevitable, que era lógica y se conocía de antemano. Seguiremos siendo como las golondrinas y el balcón de Bécquer, como la primavera y la alergia que conlleva, como el frío invernal y su época, como el alcohol de noventa y seis grados y las heridas abiertas... Mi alma sólo te grita que le saques las ganas de vivir, de tantas líneas curvas ya no reconocía un camino quebrado del correcto, que te has convertido en la luz que me ilumina la mirada... Pero no nos engañemos, te irás, me iré, desapareceremos de la vida del otro.
Las personas son como aviones y aeropuertos: van y vienen; está asumido, costará hacerte a la idea, pero es la idea en sí. Harás tu vida lejos, o cerca, qué más da, es la vida la que te dará la felicidad que necesitas, no yo; haré mi vida lejos, o cerca, qué se yo, pero será el tiempo quien ordene los demonios, no tú. No nos perdamos ahora, aunque duela después, hagamos que merezca la pena y llevémonos un buen recuerdo.
Somos presos del tiempo, somos los amortiguadores de los relojes de arena estropeados. Serán susurros de silencio por las mañanas, serán arañazos desgarradores por las noches. En el tiempo libre que haya, serán recuerdos que viajarán por cada tramo de piel...
Serás tú en formato lejano. No quedará otra más que doler, doler en el pensamiento ajeno hasta que el propio sufrimiento entumezca los sentidos, hasta no percibir nada de ellos.
Y no te preocupes. Estaré tan bien como siempre lo he estado. Estaré sonriendo por algún motivo tonto o serio, cercano o lejano; sonreiré por mi motivo actual o por otro creado. No perderás el tiempo pensándome. O sí, sí lo harás, pero el reconocerme como debilidad no es tu fuerte, lo sabes; pero qué le voy a hacer más que esperar que no me entregues a los brazos del olvido, ya que tú nunca al olvido serás condenada.
Y al pensar que el futuro de al lado es triste y demoledor, solamente me queda salir corriendo, pero en sentido contrario a la huída, para así poder abrazarte por última vez. Siempre he estado huyendo. Siempre estuve escondiéndome de lo que me daba miedo. Pero ahora... No le veo sentido, tú te irás y yo me quedaré sin ti.
No te sientas triste por llevar tu vida por buen camino. Nunca quise ser tu responsabilidad ni tu lastre y ni mucho menos tus frenos, quiérote en tu libertad, quiérote con tu forma de ser, quiérote como diamante en bruto escondido entre la escoria, pero te querré más cuando dejes de tener miedo a brillar y sé que a mi lado no podrás. Tienes que volar.”
Y poco a poco la casa empieza a quemarse, como el último recuerdo que tienes nuestro.
Pero el fuego no quema, se esfuma cual humo, cual lágrima en la lluvia. Me ves y
vienes corriendo a abrazarme. Te soy recíproco y poco a poco voy desvaneciéndome
mientras veo pequeños caballos salados y veloces recorrer tus mejillas.
Y entre mares de tus ojos emanantes, despiertas, esos humanos te desatan y te llevan a
la vista del psiquiatra y por primera vez en años le hablas de lo que pasó:
“Me desperté en una habitación en llamas, sin poder respirar, notando como cada tramo de mi piel caía bajo las lenguas candentes. La gente miraba. Yo no podía evitar llorar y gritar de dolor. Nadie hizo nada, ni siquiera yo misma. Cuando salí, con las quemaduras deformando mi estructura, de lejos divisé una silueta oscura, que mis cansados e ineficaces ojos no podían descifrar, sin detalles significativos. No para el resto. No para esa gente que no hace nada. No para aquellos que se aferran a la vida que se les da hecha, pero que llamó la atención de lo que quedaba de mis sentidos. Demasiado… Y me desperté en el hospital. Me dijeron que él había muerto y que yo me recuperaría. Sin él no quería.”
El médico anota cada cinco palabras que pronuncias. Su expresión no varía, se mantiene seria y con el ceño fruncido. Cuando terminas de hablar el único gesto que hace, el que tan bien conoces, es negar con la cabeza. Los celadores te vuelven a llevar a tu mansión.
Y allí estás, mirándote los pies, sentada en la cama con la cabeza hundida en tus rodillas.
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