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domingo, 25 de mayo de 2014

No me dolía la espina clavada hasta el fondo.

Me terminé acostumbrando a ti.
Al movimiento de tus caderas al cambiar de postura en la cama.
A tus pintas desaliñadas los domingos de madrugada.
A olor que dejabas nada más salir de la ducha.
Limón.
Igual de ácida y el mismo escozor...

Tan llorosa y alicaida por dentro que me partía el alma.Y allí me apartaste, con todas las cosas que no querías sentir. Primero con el amor, la sensación de plenitud. Más tarde con el agobio, las manías, la ansiedad, la obsesión. Para terminar tirado y roto a los brazos de la soledad.
Me diste tantísimos dolores de cabeza que me quería tirar por la ventana ciento veinticinco haciendo el mejor picado de la historia.
Cada vez tu frío tacto se fue notando también por dentro. 
Cada vez más escarcha y más bloques macizos de grandes dimensiones.
Y terminaste congelándome a mí. 
Me hice amigo de tus miedos y aquí sigo, congelado con ellos, rezando para que pudieras quererme en algún momento de  lucided

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